Respirar aire contaminado se ha convertido en un riesgo cotidiano para millones de personas en el mundo, tanto en grandes ciudades como en zonas rurales. Lejos de limitarse a molestias pasajeras como irritación ocular o dificultad respiratoria en días de smog, la contaminación atmosférica genera efectos profundos y acumulativos en la salud humana, consolidándose como uno de los principales problemas de salud pública del siglo XXI.
La Organización Mundial de la Salud estima que más de 6,5 millones de muertes anuales están directamente relacionadas con la mala calidad del aire, una cifra que ha aumentado en las últimas décadas. Esta problemática se origina tanto en fuentes humanas —vehículos, industrias y generación de energía— como en fenómenos naturales, lo que amplía su alcance y dificulta su control.
La evidencia científica demuestra que la exposición a contaminantes como el ozono y las partículas finas PM2.5 afecta a la mayoría de los sistemas principales del cuerpo humano. Los daños incluyen enfermedades respiratorias y cardiovasculares, alteraciones neurológicas y un mayor riesgo de desarrollar distintos tipos de cáncer, transformando a la contaminación del aire en un factor de riesgo comparable a otros determinantes críticos de la salud.
El sistema respiratorio es uno de los más vulnerables. Estudios indican que la exposición a estos contaminantes se asocia con un aumento del 10% en el riesgo de enfermedades respiratorias, sibilancias y bronquitis en niños. Asimismo, el ozono presente en el smog urbano irrita los pulmones, puede desencadenar crisis asmáticas y provocar una disminución progresiva de la función pulmonar. En paralelo, la exposición a PM2.5 ha sido vinculada a un incremento de la mortalidad por enfermedades cardíacas y a mayores hospitalizaciones por infartos y accidentes cerebrovasculares.
Las consecuencias a largo plazo incluyen un aumento del riesgo de trastornos neurológicos, como el Alzheimer, y la clasificación de las PM2.5 como carcinógeno por la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer. No obstante, la literatura científica muestra que reducir la contaminación trae beneficios claros: un estudio de la Agencia de Protección Ambiental reveló que entre 1990 y 2010 una reducción del 39% en PM2.5 se acompañó de una caída del 54% en muertes por cardiopatías, EPOC, cáncer de pulmón y accidentes cerebrovasculares, confirmando que mejorar la calidad del aire salva vidas y reduce costos económicos y sanitarios.