Irán atraviesa la mayor ola de disturbios sociales desde el derrocamiento del sha en 1979, según analistas y observadores veteranos del país. Lo que comenzó el 28 de diciembre como protestas aisladas se transformó en apenas doce días en movilizaciones masivas que, al 9 de enero, congregaban a cientos de miles de personas y se extendían a las 31 provincias, incluidas las principales ciudades del país.
En Teherán, multitudes corearon “muerte al dictador” en alusión directa al líder supremo, el ayatolá Ali Khamenei, de 86 años. En otras zonas de la capital y en ciudades como Mashhad, bastión tradicional del ala dura del régimen, se reportaron incendios de bancos, mezquitas y comisarías, así como choques con las fuerzas de seguridad. La magnitud de las protestas llevó incluso al expresidente estadounidense Donald Trump a afirmar que “el pueblo ha tomado el control”.
La respuesta del régimen ha sido endurecer su discurso y limitar libertades. En un mensaje del 9 de enero, Khamenei rechazó distinguir entre manifestantes pacíficos y actos vandálicos, acusando a todos de ser instrumentos de Estados Unidos. Las autoridades restringieron el acceso a internet, una señal habitual antes de represiones más severas. Organizaciones de derechos humanos reportan más de 40 muertos y más de 2000 detenidos, mientras sectores radicales del poder insisten en que solo un uso mayor de la fuerza restablecería el control.
El trasfondo de la revuelta es una profunda crisis económica y social. La inflación, la escasez de electricidad, agua y alimentos, y la rápida depreciación del rial han erosionado salarios y ahorros. Alrededor del 30 % de la población vive en la pobreza y millones de personas han descendido de la clase media a la trabajadora en los últimos años. Incluso el presidente Masoud Pezeshkian ha admitido que el Estado ya no logra contener el costo de vida, alimentando la sensación de que el régimen perdió capacidad de respuesta.
A este escenario se suma el debilitamiento internacional de la República Islámica, tras ataques israelíes que golpearon su estructura militar y el retorno de la política estadounidense de “máxima presión”. Por primera vez desde 2009, amplios sectores de la sociedad parecen alinearse en torno a una figura opositora, Reza Pahlavi, hijo del último sha, aunque con apoyos marcados por la desesperación más que por convicción. Sin señales claras de fractura interna en el poder, el futuro de Irán se encamina a un pulso decisivo entre la resistencia del régimen y la persistencia de un pueblo que ya no cree que el miedo sea suficiente para silenciarlo.