La muerte de Yulissa vuelve a recordarnos una verdad que como sociedad todavía nos cuesta aceptar: detrás de cada presunto feminicidio no existe una cifra, sino una vida, una familia destruida y sueños que quedaron inconclusos.
Yulissa llegó a Arequipa desde Chumbivilcas, Cusco, para estudiar Gastronomía. Estaba cerca de terminar su carrera y soñaba con convertirse en chef. También emprendió un pequeño negocio de flores mientras buscaba construir, con esfuerzo, su propio camino.
Su padre habló con ella un día antes de encontrarla muerta. Yulissa le prometió que terminaría sus estudios. Es probablemente una de esas conversaciones cotidianas que adquieren un significado devastador cuando la persona con quien hablábamos ya no está. Una promesa quedó suspendida.
Las circunstancias de su muerte son materia de investigación y será responsabilidad de las autoridades establecer qué ocurrió y determinar responsabilidades. Pero mientras las pericias avanzan, existe otra pregunta que como sociedad debemos hacernos: ¿cuánto estamos haciendo para evitar que una mujer vuelva a morir víctima de violencia?
No podemos acostumbrarnos a escuchar estas historias y continuar con nuestras actividades como si nada hubiera ocurrido. Cada caso debería estremecernos, obligarnos a mirar nuestro entorno y preguntarnos si estamos detectando señales de violencia, control, amenazas o conductas que muchas veces terminan escalando peligrosamente.
También debemos hablar de prevención. No basta con reaccionar cuando ocurre una tragedia. La violencia contra las mujeres no comienza necesariamente con una agresión física. Puede aparecer antes, en el control, los celos, la intimidación, la humillación, el aislamiento y otras conductas que terminan vulnerando la libertad y la dignidad.
La familia de Yulissa hoy pide justicia y solidaridad para darle una despedida digna. Pero también nos deja una responsabilidad mayor: impedir que su historia termine archivada entre expedientes y titulares. Recordarla debe significar exigir justicia, fortalecer la prevención y no mirar hacia otro lado.
Yulissa tenía una profesión por conquistar, proyectos por cumplir y una vida por delante. Su historia no debería reducirse al momento de su muerte. Debería servirnos para comprender que detrás de cada víctima existe alguien que amaba, estudiaba, trabajaba, soñaba y esperaba regresar algún día a casa.
Quizá una sociedad realmente comprometida con sus mujeres no sea aquella que únicamente reclama justicia después de una tragedia, sino aquella que aprende a reconocer la violencia antes de que sea demasiado tarde. Ese también debería ser nuestro compromiso.