Veintidós días después de la segunda vuelta, el Perú ya conoce a su virtual nueva presidenta. Keiko Fujimori alcanzó la Presidencia en su cuarto intento electoral y lo hizo por un margen de apenas 49 641 votos, una diferencia mínima que vuelve a demostrar la profunda fragmentación política que vive el país desde hace más de una década. Más allá de las cifras, el mensaje de las urnas es claro: ningún sector puede gobernar ignorando a la mitad del Perú.
El comicio también marca un hito político: Keiko Fujimori se convierte en la primera mujer presidenta por elección popular.
La victoria de Fujimori tiene un enorme peso histórico. Regresa el fujimorismo al poder después de 25 años y, curiosamente, la historia deja coincidencias difíciles de pasar por alto. Alberto Fujimori y Keiko Fujimori llegaron a la Presidencia a los 51 años; ambos conocieron la prisión, aunque por circunstancias diferentes; y ella logró lo que buscó durante quince años de campaña política, tras cuatro candidaturas presidenciales consecutivas. Ahora asume la responsabilidad de dirigir un país que aún mantiene profundas reservas hacia el apellido Fujimori.
Los resultados también dejan lecciones para Roberto Sánchez. Durante semanas denunció un supuesto fraude sin presentar pruebas concluyentes y anunció que no reconocería un eventual gobierno de su rival. En democracia, toda observación debe canalizarse mediante los mecanismos legales, pero cuando las instituciones electorales resuelven las impugnaciones y concluyen el escrutinio, corresponde respetar el resultado.
Hoy el desafío ya no es ganar una elección, sino gobernar un país dividido. Keiko Fujimori tendrá que demostrar que puede liderar también a quienes no votaron por ella, mientras la oposición deberá ejercer un control firme, pero democrático. El Perú necesita dejar atrás una década marcada por la confrontación. El nuevo gobierno debe fortalecer las instituciones y colocar las necesidades de los peruanos por encima de los intereses partidarios, esta ajustada victoria podría convertirse en el inicio de una etapa de estabilidad. De lo contrario, el país corre el riesgo de prolongar un ciclo político que los ciudadanos ya no pueden seguir soportando.