Hay maestros que enseñan una materia y otros que enseñan a vivir. Todos recordamos a ese profesor que creyó en nosotros cuando ni siquiera nosotros mismos lo hacíamos.
Educar es mucho más que transmitir conocimientos. Es formar la inteligencia, pero también el carácter, la sensibilidad, el respeto, la honestidad y la capacidad de levantarse después de cada fracaso.
Un profesor no solo explica fórmulas o fechas; ayuda a construir personas. Su autoridad no nace del temor, sino del ejemplo. Por eso, cuando un maestro le dice a un alumno “tú puedes”, no pronuncia una frase cualquiera: deposita confianza, despierta talentos y cambia destinos. La educación transforma cuando quien enseña también inspira.
Mi padre, el profesor José Merma Anco, resumía esa misión en una frase que nunca olvidaremos: “El maestro puede lograr que todos sus alumnos aprendan; es una tarea difícil, ahí está el desafío”, por ello no desaprobada a sus alumnos. No concebía la educación como una selección entre quienes podían y quienes no podían aprender. Creía que detrás de cada desaprobado existía una oportunidad para que el docente revisara su manera de enseñar, acompañara mejor y encontrara nuevos caminos para despertar el interés de sus estudiantes.
Era una visión exigente, porque obligaba al maestro a no rendirse nunca antes que sus alumnos.
Hoy, cuando la inmediatez, el facilismo y la indiferencia parecen abrirse paso en muchos espacios, conviene recordar que la educación sigue siendo la herramienta más poderosa para transformar una sociedad.
Esa responsabilidad no recae únicamente en los docentes; también compromete a los padres, a las autoridades y a quienes diseñan las políticas públicas. Un país no progresa solo construyendo carreteras o edificios; progresa cuando forma ciudadanos íntegros. Y esa tarea comienza cada mañana, en un aula, frente a un maestro que decide creer en sus alumnos incluso antes de que ellos crean en sí mismos. ¡FELIZ DÍA MAESTROS!