Un escudo no debe convertirse en una armadura que limite nuestros movimientos. Esa debería ser la primera reflexión ante la incorporación de Perú al Escudo de las Américas.
La presidenta Keiko Fujimori anunció el 10 de septiembre el ingreso del Perú a esta coalición promovida por Estados Unidos. Su propósito declarado es fortalecer la cooperación para combatir el crimen organizado transnacional.
El canciller Carlos Espá explicó ante el Senado, el 16 de septiembre, que no existe tratado internacional ni obligaciones vinculantes. Añadió que las acciones futuras requerirán instrumentos jurídicos específicos y participación de las autoridades correspondientes.
Ahí está precisamente la responsabilidad nacional: cooperar sin ceder capacidad de decisión. La lucha contra el narcotráfico, el lavado de activos y el crimen organizado requiere inteligencia compartida.
Pero ninguna cooperación puede confundirse con subordinación. La seguridad no debe abrir una puerta para que intereses ajenos definan nuestra política exterior, defensa o relaciones económicas.
Perú tiene, además, una realidad que nadie puede ignorar. China constituye un socio comercial e inversionista fundamental, mientras que Estados Unidos mantiene una relación estratégica histórica. La diplomacia peruana deberá evitar que esa realidad económica se convierta en una elección forzada.
La prudencia aconseja recordar nuestra historia. Durante la Guerra del Pacífico, Estados Unidos ofreció mediación y promovió la conferencia del USS Lackawanna, pero esa negociación fracasó y su diplomacia no dijo nada. Nosotros perdimos Arica y Tarapacá.
En el conflicto de Leticia, Washington ejerció presión diplomática para procurar una solución y llegó a plantear medidas relacionadas con la evacuación peruana. Así perdimos Leticia, que no tiene continuidad territorial con Colombia.
Durante el conflicto del Cenepa, Estados Unidos actuó como garante del Protocolo de Río y participó en la misión MOMEP. Su apoyo contribuyó al retiro de tropas y al proceso que condujo a la paz de 1998.
La historia, por tanto, no autoriza ni la desconfianza automática ni la confianza ciega. Enseña que las grandes potencias actúan conforme a sus propios intereses.
Perú pertenece al bloque democrático y debe defender sus valores. También debe defender su soberanía, ya que democracia e independencia no son conceptos contradictorios.
El Escudo puede ser útil si fortalece nuestras capacidades y respeta nuestras leyes. Será preocupante si transforma la cooperación en dependencia o convierte al Perú en pieza de una disputa entre potencias.
Nuestra política exterior necesita una brújula propia. Cooperar con Estados Unidos no obliga a romper con China. Mantener vínculos con China tampoco exige alejarnos de Washington.
La verdadera defensa nacional consiste en conservar la libertad para decidir. Un escudo protege solamente cuando quien lo lleva conserva firmemente el brazo que lo sostiene.