—Apunta bien, no vayas a fallar.
Las bolitas estaban en el suelo y alrededor, como un pequeño tribunal, Coco, Pepe García, Nano, Kike y el Loco Portugal esperaban. Había que calcular la distancia, contener el pulso y lanzar. El miedo no era perder la bolita. Era fallar. No darle. Sentir inmediatamente las miradas acusadoras de los demás, mientras algunas incontenibles gotitas de sudor emergían en la nariz y en la parte superior del labio. Para Henry, el tiempo no existía. O, mejor dicho, parecía infinito. Una tarde podía durar una eternidad. Después vendrían otras tardes, otras bolitas, otros juegos. Nadie podía imaginar que algún día bastaría girar la cabeza para descubrir que todo aquello había desaparecido.
Henry, ahora, tiene otro problema. Debe cumplir sus treinta minutos diarios de caminata. Compró una caminadora y la instaló en su casa. Al comienzo se colocaba los audífonos y escuchaba música. Pero había días en que la media hora parecía interminable y más de una vez estuvo a punto de tirar la toalla.
Hasta que encontró una solución: puso el celular en el tablero de la caminadora. Música, redes sociales, mensajes. Y entonces ocurrió el milagro moderno: —¡El tiempo se me pasó volando!
Pero la frase merece una pregunta: ¿cuántas veces hacemos precisamente eso con nuestra vida: buscar la manera de que el tiempo pase rápido? No se trata, por supuesto, de convertir cada minuto en productividad. Existen las pausas necesarias. Está también aquello que los italianos llaman il dolce far niente: el dulce placer de no hacer nada. Sentarse sin culpa. Mirar por la ventana. Dejar que el pensamiento camine solo.
Papá decía algo mucho más sencillo: —Hay que hacer una sola cosa a la vez, pero bien hecha.
Hoy parece casi imposible. Escribimos mientras escuchamos música, con la televisión encendida y el celular al alcance de la mano. Contestamos mensajes mientras conversamos. Caminamos mirando una pantalla. Creemos que hacemos muchas cosas a la vez, pero quizá no estamos completamente en ninguna.
El filósofo romano Séneca, que parecía haber estado mirando el juego de las bolitas y la caminadora de Henry, advertía que no es que la vida sea corta, sino que con frecuencia nosotros la hacemos corta al desperdiciarla. Hoy añadiría otra forma de desperdicio: vivir sin darnos cuenta de que estamos viviendo.
Porque, hay una diferencia entre pasar por la vida y permanecer en ella. Permanecer no significa detener el reloj. Eso es imposible. Significa estar presente en aquello que ocurre. Apreciar el rostro de quien tenemos delante. Escuchar una canción sin hacer otra cosa.
Contemplar una tarde hasta que esa tarde nos conmueva. Tal vez la contemplación sea una forma de resistencia frente a la prisa. Y de esa contemplación puede nacer incluso la exaltación: ese momento en que lo cotidiano deja de ser insignificante porque, de pronto, descubrimos su extraordinaria existencia.
De niños, cuando Henry apuntaba a una bolita, estaba allí. Enteramente allí. El mundo cabía en aquella distancia mínima entre su mano y el pequeño círculo de vidrio. No había una pantalla que lo sacara de la tarde.
Quizá ese sea el verdadero problema. No que el tiempo pase demasiado rápido, sino que nosotros hemos aprendido a vivir distraídos mientras pasa.
Y un día giramos la cabeza.
Ya no están las bolitas.
Entonces comprendemos que, mientras buscábamos que el tiempo se nos pasara volando, era la vida la que se nos estaba escapando.