Lo que corresponde a todos los poderes del Estado es recuperar su autonomía para que exista un verdadero equilibrio de poderes y estos estén al servicio de la sociedad. Se debe cambiar la mentalidad política para alcanzar estabilidad y tranquilidad, evitando seguir viviendo episodios como el de haber tenido varios presidentes en un mismo quinquenio.
Hoy no se trata de ideologías, sino de encontrar soluciones a los grandes desafíos del país. El Perú debe alinearse con los cambios que se están produciendo en el mundo, impulsando la modernización, la industrialización y una economía competitiva que genere desarrollo y oportunidades.
Debemos ser conscientes de que el país está dividido. El próximo gobernante contará con el respaldo de solo una parte de la población, mientras millones de peruanos siguen sintiendo que el Estado los ha olvidado y que los derechos benefician únicamente a unos pocos.
Persisten problemas como la deficiente atención en salud, la falta de una verdadera reforma educativa y la escasez de oportunidades para los jóvenes profesionales.
También es fundamental fortalecer la lucha contra la corrupción, especialmente dentro de la clase política. Los poderes del Estado deben acercarse más a la ciudadanía, conocer su realidad y elaborar leyes que protejan a las personas y a las riquezas del país. Deben comprender que el verdadero poder reside en la sociedad y que los representantes políticos solo ejercen una función delegada por los ciudadanos. No puede repetirse lo ocurrido con la bicameralidad, rechazada en referéndum y posteriormente aprobada por el Congreso.
Si queremos un verdadero cambio, debemos dejar de lado los intereses personales. El Gobierno debe actuar con madurez y responsabilidad para que cada ciudadano sienta que no solo es escuchado, sino también atendido en sus principales necesidades.
La reforma del Estado debe comenzar garantizando la independencia del Poder Judicial, fortaleciendo la Contraloría y a la Policía en la lucha contra la corrupción y la delincuencia. El Perú no es una torta de la que todos deban sacar una tajada; los cargos públicos deben ser ocupados por mérito y capacidad, y no por favores políticos.
Un verdadero cambio será posible cuando renunciemos a prácticas que frenan nuestro desarrollo y apostemos por una cultura de responsabilidad, honestidad y compromiso con el futuro del país.