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Sociología y fútbol

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Bueno, antes de terminar, no crean que me he olvidado de lo más importante de lo menos importante de estas fechas: el Mundial de Fútbol. Y es que, para olvidar el triste destino social y político que nos espera con el gobierno de la hija del dictador, casi todos —me incluyo— hemos sucumbido a ese deporte que, cual opio, nos adormece al menos por un mes.

Pero el fútbol, tal como lo conocemos y vivimos hoy, nunca fue así. Hubo un tiempo, hace muchísimos años, en que era el deporte del pueblo y para el pueblo; un deporte que, sociológicamente hablando, cumplía con lo que los funcionalistas señalaban: contribuir a la formación de la disciplina y el carácter del ser social. El fútbol, entonces, era concebido como un elemento integrador de la sociedad, en el que todos se sentían parte y alentaban al mismo equipo. En esos años nadie habría imaginado el negocio en que se convertiría. Desde que en los años setenta João Havelange asumió la presidencia de la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA), pasando por Joseph Blatter hasta Gianni Infantino, los mundiales de fútbol en particular y el fútbol en general se transformaron en el centro de negocios millonarios y, evidentemente, de corrupción.

En pleno siglo XXI, el funcionalismo resulta insuficiente para explicar este deporte; es necesario recurrir a la teoría del conflicto para comprender, por ejemplo, la enorme desigualdad de ingresos económicos y de cobertura mediática que existe entre el mejor jugador del mundo y la mejor jugadora del mundo o entre el mundial de fútbol masculino y el mundial de fútbol femenino (que, aunque no lo crean, si existe);  el despilfarro de miles de millones de dólares en la construcción de estadios en países con extrema pobreza que fueron sedes mundialistas (Sudáfrica 2010, Brasil 2014, por ejemplo); o los millones de dólares que se pagan para que determinado futbolista se luzca en el Mundial, sobredimensionando sus méritos deportivos, y/o por ser amigo del presidente de la FIFA.

En síntesis, el fútbol ya no es un deporte: es un vil negocio.
Sin embargo, en países subdesarrollados como el nuestro, alentar a la selección nacional se ha convertido en el único elemento —junto con la gastronomía— que, momentáneamente, cual pegamento artesanal, nos une como nación y nos hace olvidar nuestra triste realidad. Los sentimientos, emociones y vivencias se van construyendo sobre la base de un deporte que nunca nos ha dado grandes logros, pero ahí está, ahí están, alentando hasta el final, sabiendo incluso que no ganarán nada. Los teóricos del interaccionismo podrían ayudarnos a entender esa irracionalidad futbolera peruana.

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Periodista en Diario Viral. Comprometidos con la verdad y la información de Arequipa.

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