En el evangelio de este domingo (Mt 14, 22-36), san Mateo nos relata que Jesús, después de multiplicar los panes y saciar el hambre de la multitud que lo había seguido hasta el lugar donde Él se había retirado para orar, mandó a los apóstoles que subieran a la barca y cruzaran el lago a cuyas orillas se encontraban. Mientras tanto, Él se quedó para despedir a la gente. Hecho eso, pasó varias horas en oración y, bien entrada ya la noche, fue a darles el alcance caminando sobre las aguas. Dice también el evangelista que, cuando los apóstoles lo vieron acercarse, se asustaron porque pensaron que era un fantasma. En efecto, ¿qué persona de carne y hueso puede caminar sobre el agua? Pero Jesús les dijo: «¡Ánimo! que soy yo, no teman», a lo que Pedro le replicó: «Señor, si eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas». Así lo hizo Jesús y Pedro bajó de la barca y también se puso a caminar sobre las aguas hasta que, asustado por el fuerte viento se comenzó a hundir y gritó: «¡Señor, sálvame!». Entonces Jesús lo tomó de la mano, subieron ambos a la barca, el viento amainó y llegaron a la otra orilla.
Este hecho, sucedido hace casi dos mil años, tiene también que ver con nosotros hoy, como bien lo ha interpretado desde antiguo la tradición de la Iglesia: las aguas son como un símbolo de este mundo y la barca un símbolo de la Iglesia. Los cristianos somos aquellas personas que, sin mérito de nuestra parte, hemos sido incorporados por Jesús a su Iglesia y, en esa “barca”, atravesamos el mar de este mundo hasta llegar a la “otra orilla” que es la plenitud del Reino de los Cielos, la salvación eterna. En esa travesía, pasamos por momentos muy agradables, en los que las aguas están calmadas: las cosas nos van humanamente bien, experimentamos la presencia del Señor en nuestra vida, su providencia, el consuelo del Espíritu Santo, etc. Pero también pasamos por tiempos que humanamente nos parecen adversos: tribulaciones, sufrimientos, tentaciones, etc.; porque, como hace poco dijo el Papa León XIV, seguir a Jesús «significa corresponder a su amor y compartir su vida hasta la cruz, tal y como Él mismo nos explicó: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue su cruz y me siga” (Mt 16,24)» (Angelus, 5.VII.2026).
En síntesis, así suele ser la vida cristiana. Inicialmente, cuando Jesús viene a nuestro encuentro, creemos que es un “fantasma”, es decir que la felicidad que Él nos ofrece no puede ser cierta; comenzar a vivir la vida eterna en este mundo nos parece algo irreal. Después, cuando se acerca más a nosotros y nos da la gracia de fiarnos de Él, nos lanzamos como Pedro a caminar “valientemente” sobre las aguas de este mundo…hasta que llegan las dificultades. Ahí nos comenzamos a ver a nosotros mismos y nos empezamos a hundir. En ese momento tenemos dos posibilidades: apoyarnos en nuestras solas fuerzas y terminar engullidos por las aguas de este mundo, o apoyarnos en la oración y pedirle al Señor que nos salve. Dice san Agustín: «Nadie logra de Dios la firmeza, sino quien en sí mismo reconoce su flaqueza…Dile: “perezco”, para que no perezcas. Porque sólo te libra de la carne quien murió por ti en la carne» (Sermón 76,5-6).