Parafraseando a Marx, uno vive su presente y construye su futuro, pero no lo hace por sí mismo, sino como resultado de lo que hereda y arrastra del pasado. En ese sentido, si bien acabamos de iniciar el año 2026, eminentemente político y electoral, no podemos ni debemos olvidar todo lo que nos condujo a esta profunda inestabilidad política, concretada en el gobierno autoritario parlamentario del presidente del Congreso, José Jerí.
Sin embargo, el ejercicio de retrospección no nos remite necesariamente al 2025; debemos ir un poco más atrás, diez años para ser exactos. Las elecciones generales de 2016 marcaron el inicio de la debacle, el comienzo de una venganza o, mejor dicho, de un castigo. El pueblo tuvo el atrevimiento, la osadía ciudadana, de no votar por la hija y heredera política del autócrata y dictador Alberto Fujimori: Keiko. Por el contrario, el ganador de esas elecciones fue el derechista Pedro Pablo Kuczynski. Pero Keiko Fujimori no perdió: ganó el Parlamento con 70 congresistas. Por primera vez en nuestra historia reciente, el Legislativo estaba en manos de la oposición al Ejecutivo, y allí comenzó la venganza, o el castigo. Ese Parlamento, controlado por el fujimorismo, inició una política de boicot contra el presidente Kuczynski y todas las propuestas o medidas gubernamentales enviadas desde el Ejecutivo. Teníamos, pues, una maquinaria naranja aplastante, que poco o nada se preocupó por el perjuicio que generaba a millones de peruanos en su vida cotidiana y, peor aún, a nuestro frágil sistema democrático (¿qué respeto podíamos esperar por la democracia de un partido cuyo líder histórico fue un dictador que la destruyó en 1992?). A la señora Fujimori tampoco le importó que tanto ella como Kuczynski fueran representantes de la derecha (en ese momento solo achorada). La lideresa de Fuerza Popular perdió la oportunidad de oro de realizar una gestión congresal responsable de cara a una futura candidatura presidencial, y le hizo perder a la derecha la posibilidad de un buen gobierno, con un presidente técnico y un Parlamento dialogante. Pero no: prevaleció el ego y las ansias de castigar a los peruanos. La herida estaba, y aún está, fresca.
El castigo solo se detuvo cuando se intentó vacar a Kuczynski y este se vio obligado a renunciar a la presidencia. Ese fue el punto de inflexión de nuestra democracia. A partir de entonces hemos vivido una constante inestabilidad y crisis política, social y económica. Fuerza Popular, liderada por Keiko Fujimori, es uno de los grandes responsables de nuestra precaria situación. Ya sabemos por quiénes no debemos votar.