Hay una paradoja que nos persigue a los caminantes: recorremos miles de kilómetros, coleccionamos mapas, habitamos metrópolis o puertos lejanos, pero la mirada jamás deja de buscar el contorno original de la orilla natal.
No importa si se trata de medio planeta o de una caminata corta por el parque del barrio; el hambre de moverse no cesa. A mis setenta años comprendo que ese «pueblo chiquito» que llevamos dentro no es una coordenada fija a la que se regresa para quedarse, sino una matriz del alma, una forma de mirar el mundo.
Todo empieza en una orilla. En la lección primera de esperar la ola exacta, ponerse de espaldas, juntar los dedos, agachar la cabeza y confiar en que la marejada te llevará a salvo hasta la playa. Quien aprende a entregarse al agua de la mano de un padre y cómplice, aprende para siempre a no temerle a la inmensidad ni al desconocido. Ese primer abrazo de espuma en Pacasmayo es la escala con la que medimos, décadas después, la calidez de cualquier rincón de la tierra.
Por eso, en las céntricas calles de Lima aún avizoro retazos de mi infancia, cuando mis padres me llevaban a pasear y la señora de la esquina que vendía turrones me hacía un guiño para animarme a pedir una de sus delicatessen, una mujer que probablemente había caminado mucho para vender sus postres con la simple esperanza de llevar algo a casa. Y en el viaje, esa misma humanidad reaparece en la confidencia más insospechada. Caminando a la vera del Sena junto al escritor Elqui Burgos, vi asomar de pronto su propia tierra: San Pablo, ese lugar que dejó hace muchas décadas y al que eventualmente vuelve. Como niños que se prestan figuritas, cada uno mostraba al otro su pequeño rincón natal. No por competir a ver cuál era más ilustre, sino por compartirlo con alguien que te entiende, alguien capaz de sopesar con delicadeza la fragilidad del dulce recuerdo del hogar.
Esa misma liturgia del encuentro la he hallado en Cocachacra, en el abrazo con mi amigo Mario y ese gallo enano suyo que canta con puntualidad británica exactamente al mediodía; o al volver a Yurimaguas junto a mi hermano y mi padre, cuarenta y cinco años después, para encontrar al señor Yap, entrañable amigo de papá, ponernos al día sobre los secretos de la ciudad y comprobar que sus costumbres siguen intactas aunque el rostro del pueblo haya cambiado.
Está en las chimeneas de Londres que tanto me contaron desde el tejado; en la frescura del conductor en Pucallpa para llevarme a tomar una espectacular cerveza Pacucha; en el mozo de un café en San Telmo que se ufanaba con orgullo por sus medialunas; y en ese guía en Liverpool que, al cantar con su ukelele, me buscaba con la mirada para regalarme, más que una canción de los Beatles, el eco del paso de aquellos jóvenes por sus calles. Fue la misma complicidad cuando el camarero en Roma se quedó de pie a nuestro lado aguardando el brillo de nuestro rostro al probar sus pastas; cuando compartí un sorbo de vino furtivo con dos viejos en una banca de Chincha; al escuchar a Jorge Díaz en Barcelona evocar a su madre entre dos panes; o en aquel almuerzo en pleno mercado de Tacna donde, junto al vino de la casa, la casera me iba desgranando los últimos acontecimientos de la heroica ciudad. Ni hablar de mi amigo Arturo Neyra, cuando me llevó a un rincón escondido para probar uno de los adobos más espectaculares mientras me revelaba los secretos de los mejores bares de la Blanca Ciudad.
Para la ciencia y la filosofía, la patria es la infancia o un mapa de afectos impreso en el cerebro; para el hombre común, simplemente el lugar donde no hace falta explicarse. Al final, no hay pena en la playa del alma. La ola que corrimos de niños sigue reventando al mismo compás y pulso, recordándonos que el origen no nos atrapa: nos proyecta a seguir buscando el pueblo chiquito en los ojos de la humanidad entera.