El Perú se encuentra en el Cinturón de Fuego del Pacífico, una de las zonas más sísmicas del planeta. Esta ubicación geográfica nos expone constantemente a movimientos telúricos de gran intensidad, capaces de afectar gravemente a nuestras ciudades y comunidades. La historia nos recuerda que los sismos no avisan, y que la prevención es la única herramienta que puede salvar vidas.
La preparación ciudadana es clave: contar con planes de emergencia, mochilas de primeros auxilios y rutas de evacuación claras puede marcar la diferencia en momentos críticos. Sin embargo, estas medidas deben complementarse con políticas públicas sólidas que fortalezcan la infraestructura y garanticen la seguridad de la población. La prevención no puede ser un esfuerzo aislado, sino una estrategia nacional.
A partir del 28 de julio, quienes asuman las riendas del Gobierno peruano tienen la responsabilidad de priorizar estas labores preventivas. No se trata solo de responder a emergencias, sino de anticiparse a ellas con inversión en educación, tecnología y construcción segura. Ignorar esta realidad sería condenar al país a enfrentar tragedias evitables que pueden tener un alto costo de vidas y grandes pérdidas en el sector económico productivo.
La experiencia internacional nos advierte: Venezuela sufrió recientemente dos sismos de gran magnitud que dejaron huellas profundas en su población. El Perú no puede repetir esa historia. Es momento de actuar con visión y compromiso, colocando la gestión del riesgo sísmico en el centro de la agenda nacional. La prevención es, hoy más que nunca, un deber patriótico.