Todos puede esbozar respuestas diversas y todas tendrán sustento. Permítanme esbozar razones en la búsqueda de los por qué nuestro Perú se hunde en aguas turbulentas.
Veamos algunas estadísticas. En el año 1970 nuestra población era de 12 millones. Hoy somos 34 millones. En 1970 nacieron 482 786 criaturitas y el año pasado 430 380. O sea, 52 406 menos, a pesar de que la población casi se triplicó. Ahí ya hay material para una tesis porque considerando tales cifras en 35años ya no habrá crecimiento poblacional.
Detallando el tema encontraremos una primera razón de la crisis existencial que soporta el país. En 1970, el 77 % de los nacimientos se dieron en hogares en los que los padres eran casados. En el 2025 ese porcentaje se redujo al 12 %, según información de gubernamental.
Lo más grave es que las nuevas generaciones nacen en padres que no formalizaron sus relaciones, generalmente porque priorizan sus aspiraciones y necesidad personales, desmejorando la crianza de sus hijos. Crianza que tiene vinculación con la disminución de matrimonios religiosos.
En 1970 sumaron 43 000 y el año pasado apenas 20 000.
En un artículo publicado recientemente precisé que la mitad de los 100 000 encarcelados en Perú crecieron sólo con presencia materna. Y que 8 de cada 10 presos vivieron su niñez en hogares donde había violencia, pobreza y licor.
Adicionemos a ello, que, a pesar de haberse reducido el número de matrimonios, la cantidad de divorcios se multiplicó groseramente. En 1970 se divorciaba uno de cada 100 matrimonios. En el año 2025 el divorcio alcanzó a 7 de cada 100 matrimonios.
Cuando una sociedad como la nuestra soporta características singulares durante su desarrollo, el tema de la educación es sustancial para preservar valores, identidades culturales y pertenencia a su sociedad. En Perú, de 1970 a la fecha, las poblaciones de Lima y Arequipa se quintuplicaron, mientras que, en ese lapso, la población rural del país disminuyó del 55 % al 19 %.
Pero retornemos al titular de este artículo. Es obvio que en los últimos 55 años la mayoría de los hogares dejaron de ser el principal escenario de una crianza valorativa. Si sumamos a ello que las escuelas imparten una educación escasa en valores sustantivos y que nuestra niñez también se nutre diariamente del paupérrimo comportamiento de sus autoridades policiales, edilicias y gubernamentales, el resultado es una sociedad fácilmente conducida a la delincuencia, la inmoralidad y el desvalor.
Ante este panorama tan delicado, la necesidad de tener estadistas en el gobierno es prioritaria. No basta buenas intenciones. Demandamos gobernantes sabios y eficientes, capaces de mandar al corral a los corruptos, timoratos, incapaces y traidores.