Treinta y tres días después de unas elecciones marcadas por retrasos, actas observadas y cuestionamientos al sistema electoral, la Oficina Nacional de Procesos Electorales cerró finalmente el conteo presidencial al 100 % y confirmó lo inevitable: el Perú tendrá que decidir su futuro entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez.
La primera vuelta terminó y, con ella, también debería terminar la costumbre nacional de permanecer atrapados en el enojo, el resentimiento o la frustración política permanente.
La democracia tiene una regla sencilla y muchas veces incómoda: la mayoría decide. Treinta y cinco candidatos participaron en la carrera presidencial, pero los ciudadanos descartaron 33 opciones y redujeron el escenario a dos nombres.
Las cifras muestran un país profundamente dividido. Keiko Fujimori obtuvo el 17.181 % de votos válidos y Roberto Sánchez alcanzó el 12.031 %, mientras Rafael López Aliaga quedó fuera por poco más de 21 mil votos.
En ese contexto aparece un error recurrente en la política peruana: votar desde el hígado. Cada elección repite el mismo ciclo. Se vota por rabia, por miedo o por rechazo, y luego el país pasa cinco años lamentando decisiones tomadas en medio de emociones extremas. Una segunda vuelta obliga a una tarea más difícil: comparar propuestas, revisar equipos técnicos, analizar antecedentes y entender qué modelo de país representa cada candidatura.
La campaña que viene estará llena de ataques, discursos radicales y estrategias para movilizar emociones. Roberto Sánchez y Keiko Fujimori jugarán una batalla donde el adversario será presentado como una amenaza nacional. Pero la elección del 7 de junio plantea algo más profundo que escoger un nombre.
Tienes dos opciones: votar impulsado por el miedo o asumir la única gran responsabilidad democrática que se entrega al ciudadano cada cinco años. El país ya eligió a sus dos finalistas. Ahora toca decidir si el próximo voto será una reacción emocional o un acto consciente. Porque después del sufragio ya no habrá 35 alternativas; solo habrá un Perú obligado a convivir con la decisión que tomó.