Han pasado ya casi siete días desde la segunda vuelta electoral y, con más del 98% de actas contabilizadas, los resultados preliminares muestran como ganadora a la hija del dictador y condenado Alberto Fujimori. Así, después de más de un cuarto de siglo, la heredera y ex primera dama de uno de los regímenes más corruptos del mundo alcanza el poder ejecutivo gracias al voto popular.
En esta ocasión, parece que la diferencia estuviera marcada por los residentes en el extranjero, quienes inclinaron la balanza a favor de su candidata, aunque muchos de ellos probablemente no tengan la mínima intención de regresar al país bajo este nuevo gobierno.
En diversas entrevistas me han preguntado qué espero de un eventual gobierno de la señora Fujimori. Mi respuesta ha sido casi siempre la misma: no espero nada. O, mejor dicho, espero algo muy concreto. En la lógica que discutíamos la semana pasada, la política es el mundo de lo real y lo tangible, no de lo ideal ni lo deseable.
Por ello, espero que la señora Fujimori cumpla con la promesa que sintetiza la esencia del fujimorismo: “Voy a gobernar como mi padre”. Y vale la pena recordar la manera en que gobernó el dictador: destruyó gran parte de las instituciones sociales y políticas, desmanteló el Estado en todos sus niveles, instauró una corrupción sin precedentes, violó sistemáticamente los derechos humanos, quebró el Estado de derecho, debilitó la democracia, erosionó el componente ético y moral de la sociedad, y normalizó la mentira, el robo, el engaño y la viveza, persiguió a la oposición y a sus críticos, etc.
Eso es lo que podemos esperar de la señora Fujimori en los próximos cinco años. Y, en el ocaso de su régimen, muy probablemente escucharemos el argumento de que un lustro no fue suficiente para resolver los problemas de la nación, como la inseguridad ciudadana, y la necesidad de quedarse “cinco añitos más”. ¿Les suena familiar?
Sinceramente, espero estar equivocado; sin embargo, no soy ingenuo como para creer que la señora Fujimori ha cambiado y que ahora intentará reivindicarse o limpiar el apellido paterno. El poder no transforma a las personas, simplemente las muestra tal cual son. Y ya sabemos cómo es la señora Fujimori cuando tiene poder y de lo que es capaz con tal de conservarlo.
Su trayectoria política ha demostrado que la búsqueda de control total es su principal motor, incluso a costa de la institucionalidad y la democracia. Por ello, más que ilusiones, lo que corresponde es estar atentos y críticos frente a un gobierno que, de repetirse la historia, podría significar un nuevo ciclo de autoritarismo, corrupción y deterioro social.