Estos últimos años hemos sido testigos de cómo las leyes han sido burladas y, en muchos casos, interpretadas según la conveniencia, ocasionando un gran daño a la estabilidad jurídica del país, donde cada persona hace diferentes interpretaciones. Como ocurrió con el Tribunal Constitucional, que casi al finalizar la gestión de los congresistas observó que estos no tenían capacidad de gasto; sin embargo, durante años elaboraron leyes populistas, ocasionando grandes pérdidas al país, con el solo fin de buscar intereses de reelección o simplemente derivando en grandes sueldos, remodelaciones, entre otros beneficios para los padres de la patria.
Este ejemplo también es imitado por algunos candidatos, como vimos cuando un senador electo simplemente no quiso asumir el cargo porque no le gustaba, y se le concedió su apelación, dejando un vacío e inestabilidad en los procesos electorales. Esto conlleva a la fragilidad de nuestras leyes y a la burla por parte de algunos ciudadanos, especialmente de la clase política. Todo ello se refleja en la sociedad cuando no cumplimos las leyes, especialmente nuestros deberes.
Las leyes se han hecho para cumplirlas, nos gusten o no. Todos tenemos los mismos derechos y las mismas obligaciones, y en el marco del respeto cada institución debe cumplir con lo establecido en la Constitución. Mientras ello no se dé, seguiremos escuchando a los grandes intérpretes de las leyes, aumentará la corrupción y tendremos una justicia de espaldas a la sociedad.
La disciplina es un valor fundamental; el respeto y la obediencia complementan la formación de ciudadanos honestos, capaces de convivir en un clima de paz y solidaridad. Hoy que estamos a puertas de un cambio de gobierno, esperemos no ver nuevamente estos hechos y dejar que cada poder del Estado cumpla sus funciones, respetando su propia autonomía, sin tener entidades que, en vez de ayudar, fomenten el desorden jurídico. Una sociedad con leyes que se cumplen puede convivir pacíficamente; mientras ello no se dé, cada quien hará lo que quiere y seguiremos siendo un país desordenado.
Los nuevos representantes del Estado deben hacer una verdadera revisión de todas las leyes promulgadas en esta última década. En algunos casos, se deben eliminar si no cumplen el objetivo de bienestar para la sociedad. Esa es su tarea, y no se debe permitir que realicen grandes gastos para ellos, dejando en la pobreza a gran parte de la población. Cuando tengamos autoridades capaces de conducir al país, cambiarán muchas de las actitudes y, de seguro, todos nos esmeraremos por cumplir las leyes, sin necesidad de que nos lo digan, simplemente porque ello va en beneficio de todos.