Cuando analizamos a Aristóteles y su concepto de política, encontramos que esta no es una simple lucha por el poder, sino una actividad orientada al servicio, al bien común y a la búsqueda de la felicidad de los ciudadanos. Sin embargo, al observar nuestra realidad, resulta evidente cuánto nos hemos alejado de estos principios. Hoy, muchas veces, la política parece estar orientada a intereses particulares y grupales antes que al bienestar de la población.
La inestabilidad política continúa persiguiendo al país. Las constantes confrontaciones entre el Poder Ejecutivo y el Legislativo evidencian la falta de acuerdos y de una visión común. Mientras el Gobierno solicita facultades legislativas para atender problemas urgentes, como la seguridad ciudadana y el fenómeno de El Niño, el Congreso demora en tomar decisiones. Mientras tanto, los ciudadanos siguen esperando soluciones concretas.
La política debería ser una herramienta para resolver los problemas del país y no un escenario permanente de confrontación. Quienes asumen responsabilidades de gobierno deben conocer la realidad nacional, estar preparados y presentar propuestas viables. Gobernar no puede convertirse en un permanente proceso de aprendizaje ni en una sucesión de justificaciones.
También preocupa el pago de favores políticos mediante la designación de determinados cargos públicos. Ex candidatos presidenciales han llegado a ocupar cargos ministeriales y determinadas embajadas han sido otorgadas a personas cuya preparación y experiencia son cuestionadas. Cabe preguntarnos: ¿acaso no existen profesionales preparados para asumir estas responsabilidades y representar dignamente al país?
Los jóvenes también merecen oportunidades. Existe una generación preparada, con nuevas ideas y voluntad de contribuir al desarrollo nacional.
Si continuamos dejando de lado a las nuevas generaciones, corremos el riesgo de repetir una historia en la que los mismos grupos se alternan en el poder y los cargos terminan concentrándose en círculos políticos o familiares.
Aristóteles nos recuerda que la política debe estar orientada al bien común. Recuperar este principio es fundamental para transformar nuestra realidad. Necesitamos menos improvisación, menos intereses particulares y más compromiso con el país.
Porque gobernar no significa servirse del poder, sino ponerlo al servicio de la sociedad. La política debe recuperar su verdadero sentido: ser el arte de servir y no de improvisar.