Opinión

La miel y la memoria del tiempo

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DIARIO VIRAL

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Cuando alguien pronuncia la palabra miel, no pienso primero en el frasco sobre la mesa, ni en el ritual del desayuno. Vuelvo, sin pedir permiso, a Cocachacra, a 1965, a la casa de mi amiguito del colegio al que le decíamos “Torata”. Él me aseguró, con la convicción de quien custodia un secreto que, en el árbol frente a su puerta, vivía un panal. Yo no le creí. Por eso, me llevó a verlo.

Ahí estaba: la colmena colgaba de una rama pretenciosa, con un color de oro viejo que parecía haber sido pulido por el sol. El zumbido de las abejas no era ruido: era el sonido de una ciudad en pleno funcionamiento, una armonía seductora, ordenada, viva. Para no mortificarlas —así, me dijo Torata— no bajamos el panal. Comimos la miel colgados de la rama, suspendidos entre el miedo y el asombro, como si el árbol nos hubiera concedido una tregua.

Arrancamos pequeños pedazos. La miel brotaba espesa, tibia, todavía con rastros del trabajo incansable de esas “pequeñas gorditas” trabajadoras. La probé. No era solo dulce: tenía una profundidad difícil de explicar, como si contuviera tiempo, sol y paciencia. Hasta hoy, me pregunto por qué nos dejaron hacerlo. ¿Por qué no nos atacaron? ¿Acaso eran amigas de Torata? Tal vez, la amistad —como la miel— tiene un lenguaje que no necesita palabras.

Años después, supe que aquella sensación no era solo poética. La miel es, químicamente, un prodigio del tiempo. Su bajísimo contenido de agua y su acidez natural impiden el crecimiento de bacterias. Las abejas, además, incorporan una enzima —la glucosa oxidasa— que produce pequeñas cantidades de peróxido de hidrógeno, dotándola de propiedades antibacterianas. No es casualidad que frascos de miel hallados en tumbas del Antiguo Egipto sigan siendo comestibles tras miles de años. La miel no se apura: resiste.

Desde la filosofía, Aristóteles observó en las abejas un modelo de comunidad y propósito. Mucho después, Bergson hablaría del tiempo como duración viva. La miel parece confirmarlo: es trabajo acumulado, memoria que no se corrompe, pasado que sigue ofreciendo algo al presente.

Las neurociencias explican por qué este recuerdo persiste con tanta nitidez. El sabor intenso, ligado a la infancia y a la emoción, activa el sistema límbico, donde se anudan memoria y afecto. Por eso, cada vez que pruebo miel, mi cerebro no solo reconoce un gusto: reconstruye una escena entera, con ramas, zumbidos y sol.

Hace pocos días, mi amiga Roxana me invitó un café y lo endulzamos con miel. Fue un placer casi divino. Entendí entonces, que la miel no es solo alimento: es una forma de vínculo. Tal vez, por eso las abejas nos perdonaron aquel atrevimiento infantil. Porque, al final, la amistad —como la miel— también es dulce, se construye con cuidado y, cuando es auténtica, sabe atravesar el tiempo sin perder su esencia. 

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