Cada año, cuando las lluvias regresan a Arequipa, la ciudad parece enfrentarse a un fenómeno inesperado. Calles anegadas, avenidas colapsadas, viviendas afectadas y una sensación general de improvisación se instalan como si fuera la primera vez. Sin embargo, no lo es. La escena se repite con una precisión inquietante, casi ritual. Y es ahí donde emerge una pregunta incómoda: ¿por qué Arequipa no aprende de sí misma?
Más que un problema climático o de infraestructura, lo que se evidencia es una fragilidad en la memoria colectiva. La ciudad olvida rápido. Lo que en febrero o marzo genera indignación, en pocos meses se diluye entre la rutina. No hay continuidad en el reclamo ciudadano ni sostenibilidad en las soluciones. La urgencia reemplaza a la planificación y la reacción suplanta a la prevención.
Esta memoria corta no es casual. Forma parte de una cultura urbana donde lo inmediato pesa más que lo estructural. Se normaliza el caos y se tolera la improvisación. Así, el problema deja de ser la lluvia y pasa a ser la incapacidad de anticiparnos a ella.
Pero también hay responsabilidad compartida. Las autoridades fallan en la gestión, sí, pero la ciudadanía tampoco exige con constancia. La crítica es intensa, pero breve. La memoria se activa en la crisis y se apaga en la calma. En ese ciclo, la ciudad queda atrapada en un presente perpetuo, sin pasado que enseñe ni futuro que se planifique.
Pensar la memoria urbana es pensar la cultura de una ciudad. Recordar no es solo acumular experiencias, sino transformarlas en aprendizaje colectivo. Arequipa necesita construir una memoria que incomode y obligue a cambiar. Implica documentar errores, evaluar políticas públicas y asumir responsabilidades compartidas con mayor madurez cívica. También supone fortalecer la educación ciudadana desde las escuelas y promover una cultura preventiva que trascienda la coyuntura. Esto requiere compromiso sostenido de autoridades, medios de comunicación y ciudadanía.
Porque mientras la ciudad siga olvidando, la lluvia seguirá enseñando la misma lección. Y siempre, como si fuera la primera vez. Solo cuando el recuerdo se vuelva acción sostenida, la historia dejará de repetirse con la misma obstinación.