Cuando creemos que la política debería representar un verdadero cambio, terminamos viendo más de lo mismo. La juramentación del nuevo Parlamento bicameral, conformado por congresistas reelegidos, rostros conocidos que regresan al Legislativo y algunos nuevos representantes, nos dejó la primera gran decepción: no existe una auténtica voluntad de cambio y mucho menos de reconciliación.
Una vez más, la ideología política se impone sobre los intereses del país. Se ha perdido el verdadero sentido del juramento, un acto que antes se realizaba con solemnidad y respeto.
Quien juramentaba lo hacía por Dios y por la patria, asumiendo el compromiso de servir con honestidad y eficiencia, consciente de que la ciudadanía sería la encargada de juzgar su desempeño. Hoy, en cambio, fuimos testigos de juramentos realizados en nombre de expresidentes con pasados cuestionados, de amigos, familiares e incluso de mascotas. Más que un acto de responsabilidad, el juramento terminó convirtiéndose en una expresión de frivolidad que refleja la escasa madurez política de quienes tienen en sus manos el destino del país. Bajo estas circunstancias, todo indica que la polarización continuará profundizándose.
El Perú necesita autoridades honestas, con verdadera vocación de servicio, y no políticos que utilicen los cargos públicos como plataformas de proselitismo o de confrontación permanente. El país no puede seguir siendo gobernado de espaldas a la ciudadanía, mientras se relegan los problemas que realmente afectan a millones de peruanos y que impiden construir una sociedad con igualdad de oportunidades y una vida digna para todos.
La presidenta electa ha manifestado que recibirá un país sumido en el caos. Y no le falta razón. Sin embargo, ese caos no surgió por generación espontánea; es consecuencia, en gran medida, de la irresponsabilidad, la improvisación y la incapacidad de la propia clase política, cuyos constantes enfrentamientos y mezquinos intereses han deteriorado la institucionalidad y la confianza de la población. Tanto la derecha como la izquierda han demostrado, en demasiadas ocasiones, no estar a la altura de las enormes responsabilidades que implica conducir los destinos de la nación.
Frente a este panorama, pareciera que nos esperan otros cinco años marcados por la incertidumbre. Volverán los políticos tradicionales y veremos actuar a nuevos representantes formados en una escuela política contaminada por la corrupción, el sectarismo y las ideologías obsoletas, donde la vocación de servicio ha quedado relegada a un segundo plano.
Ojalá estemos equivocados. Ojalá quienes hoy asumen la representación de la patria comprendan que el poder no les pertenece, sino que les fue confiado por los ciudadanos para trabajar, especialmente, en favor de quienes más lo necesitan. Es momento de construir un Estado más justo, donde prevalezcan los valores, la justicia social, la transparencia y una visión profundamente humana de la gestión pública.
La educación debe convertirse en una prioridad nacional y la salud debe garantizarse como un derecho efectivo para todos los peruanos. La población está cansada de presenciar los mismos errores, los mismos enfrentamientos y las mismas promesas incumplidas. El país no necesita más discursos ni más confrontación; necesita resultados.
Esperamos que este nuevo periodo político marque, por fin, el inicio de una verdadera reconciliación nacional, basada en la madurez, la responsabilidad y el compromiso con el Perú. Solo así podremos recuperar la esperanza y ofrecer a las futuras generaciones un país más justo, más unido y con un futuro mejor.