En medio de las tensiones que atraviesa hoy Arequipa, hay una imagen del pasado que vuelve a aparecer en conversaciones y debates ciudadanos: el tranvía. No como una simple curiosidad histórica, sino como una referencia cuando se discute la fragilidad del transporte urbano basado en vehículos de combustión.
Cada vez que la ciudad enfrenta dificultades vinculadas al abastecimiento de combustibles o al aumento de sus precios, surge una pregunta que parece venir de otro tiempo: ¿cómo era posible que hace más de un siglo Arequipa contara con un sistema de transporte eléctrico que recorría sus calles con estabilidad?
El tranvía, que funcionó en la ciudad durante las primeras décadas del siglo XX, formó parte del proceso de modernización urbana. Sus carros circulaban por rieles y conectaban sectores de la ciudad con una lógica de movilidad planificada. Era un sistema silencioso, ordenado y, sobre todo, independiente de los combustibles que hoy determinan buena parte del ritmo cotidiano de la movilidad.
Con el paso de los años, aquel modelo desapareció. El crecimiento urbano, la expansión del parque automotor y la dependencia de combustibles fósiles desplazaron cualquier alternativa ferroviaria urbana. Arequipa adoptó, como muchas ciudades latinoamericanas, un modelo basado en buses, combis, taxis y vehículos particulares.
Sin embargo, en tiempos como los actuales, cuando el transporte se vuelve vulnerable a los vaivenes del mercado energético, el recuerdo del tranvía reaparece en la memoria colectiva. Para algunos ciudadanos, especialmente entre quienes observan con preocupación el futuro ambiental y urbano de la ciudad, el tranvía simboliza una forma de movilidad más estable y menos contaminante.
No se trata necesariamente de una demanda concreta para reconstruir las viejas líneas sobre las calles de sillar. Más bien es una evocación cultural: la idea de que la ciudad alguna vez apostó por un sistema distinto.
Ese recuerdo revela algo interesante sobre la identidad urbana arequipeña. Porque cuando una ciudad empieza a añorar un medio de transporte que desapareció hace casi un siglo, está expresando una inquietud profunda: la búsqueda de un modelo de movilidad más previsible, más limpio y acorde con la ciudad que Arequipa aspira a ser en el futuro.