Las parábolas evangélicas son narraciones sencillas, compuestas en base a imágenes y situaciones de la vida cotidiana, mediante las cuales Jesús nos revela realidades que exceden a nuestros sentidos y la comprensión de nuestra sola razón. En el evangelio de este domingo (Mt 13,24-43) Jesús recurre a ellas para revelarnos los misterios del reino de los cielos, al que compara con la pequeñez de una semilla que contiene en sí toda la potencia para hacer crecer un campo de trigo o un frondoso árbol de mostaza, y con la poca levadura que es capaz de fermentar una mucho mayor masa de harina. Al escuchar estas parábolas no puede menos que venirnos a la mente el mismo Jesús que, como dice san Pablo, siendo Dios se despojó de sí mismo y se humilló hasta la muerte (Flp 2,6-8). Y como también lo dijo Jesús al anunciar su muerte y resurrección: «Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto» (Jn 12,24). Estas parábolas, entonces, nos hablan de Jesús; porque el reino de los cielos no es un espacio de dominio terrenal, como los reinos de este mundo, ni un lugar que queda más arriba de las nubes, sino que el reino de los cielos -o reino de Dios como también lo llaman los evangelios- es el mismo Jesús, aquel en quien Dios reina, es decir ejerce su soberanía.
Pero estas parábolas hablan también de nosotros, los hombres y mujeres de todos los tiempos. Lo dice expresamente Jesús al explicar la conocida “parábola del trigo y la cizaña”: «el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el final de los tiempos y los segadores son los ángeles» (Mt 13,38-39). En esta sencilla narración, Jesús nos revela que «el mal que hay en el mundo no proviene de Dios, sino de su enemigo, el maligno» (Francisco, Angelus, 20.VII.2014), y nos revela también que, pese a ese mal, e incluso en medio de él, el reino de los cielos crece y seguirá creciendo hasta el final de los tiempos.
Llegado ese día, es decir en el juicio final, los obradores de iniquidad serán arrojados al «horno de fuego» y «los justos brillarán como el sol en el reino de su padre» (Mt 13,42-43). Así lo dijo Jesús también en otro momento, hablándole al primero de los apóstoles: «tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no prevalecerá sobre ella» (Mt 16,18).
La Iglesia, primicia del reino de los cielos, es la comunidad de fieles en la que se experimenta la presencia de Dios vivo en medio de este mundo, Dios que actúa en la historia de la humanidad llevando a cabo una historia de salvación. El diablo, sin embargo, se las ingenia para introducir la cizaña en la Iglesia. De ahí que los cristianos debamos estar siempre atentos para no caer en sus seducciones y convertirnos en cizaña, sino más bien procurar que la cizaña se convierta en trigo. Esta es nuestra misión, según nos recuerda el Concilio Vaticano II: «como Cristo realizó la obra de la redención en pobreza y persecución, de igual modo la Iglesia está destinada a recorrer el mismo camino a fin de comunicar los frutos de la salvación a los hombres» (Lumen Gentium, 8).