Opinión

El pacto con el lobo

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DIARIO VIRAL

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Jorge, con sus quince años, no temía a los ladrones ni a las sombras del camino; temía a la hermosa Simmy o, más bien, al abismo que se abría entre la certeza de su propio afecto y la fragilidad de la respuesta ajena. Frente al espejo, en la soledad de su cuarto, ensayaba discursos emocionantes. Gesticulaba, impostaba la voz y modelaba una valentía prestada que se evaporaba apenas se apagaba la luz tratando de proyectar su mejor imagen y conseguir el “sí” de su adorado tormento. Por las noches, la incertidumbre adoptaba la figura de un lobo voraz: un depredador invisible que devoraba sus ardientes anhelos y le dejaba el pecho habitado por la nada.

Como un Prometeo impregnado de colonia y cargado con una incipiente barba, cada pensamiento sobre el momento sagrado de la declaración equivalía a un águila desgarrándole las entrañas. La mínima posibilidad de un «no» se erigía como la cancelación tajante de su valor. Jorge desconocía que su cerebro, primitivo y protector, interpretaba el rechazo social como una amenaza existencial, activando la misma alarma biológica que la de un ancestro acorralado por una fiera. Para él no existía aún la terminología neurocientífica ni los manuales de gestión emocional; solo experimentaba la parálisis pura frente al precipicio de la angustia.

En el fondo, ese pavor adolescente prefiguraba el mismo fantasma que acosa hoy al profesional adulto: esa parálisis que experimenta el emprendedor antes de lanzar una propuesta decisiva, el miedo a la evaluación en la selva laboral o el temor del ejecutivo que vacila antes de tomar una decisión arriesgada. Cambian los escenarios, pero el lobo del rechazo sigue siendo la misma sombra ancestral.

Lolo, el amigo mayor y autoproclamado experto en «chicas», le había aconsejado que se arriesgara, que debía vencer al monstruo. Sin embargo, intentar aniquilar lo que habita en la propia naturaleza es una empresa imposible. Tras evaluar múltiples posibilidades y escenarios, Jorge entendió intuitivamente que la verdadera conquista no residía en la destrucción de la fiera, sino en su domesticación. Como aquel Francisco de Asís frente al terror de Gubbio, comprendió que no se trataba de huir ni de entablar una batalla sangrienta, sino de mirar al monstruo a los ojos y proponerle una tregua.

Decidió alimentar a su lobo no con carnes sangrientas, sino con la contemplación cotidiana de la dignidad. Miró a su padre, un hombre sencillo que avanzaba por la vida sin la menor vacilación visible, afianzado en el ritual silencioso del trabajo diario. Miró a su madre, capaz de una alquimia maravillosa que transformaba el presupuesto escaso en sustento para ocho hijos, manteniendo siempre un rostro sereno frente a las inclemencias. Comprendió entonces que la auténtica certeza no es la ausencia de duda, sino el hábito del afecto y del deber, ejercidos a pesar de ella.

Fortalecido por esas certezas ajenas que poco a poco convirtió en propias, pactó con su fiera interior: el miedo seguiría allí, pero ya no como un devorador implacable, sino como un guardián de su propio temple. Al día siguiente, cruzó la calle hacia Simmy. El lobo caminaba a su lado, en absoluto silencio, amansado.

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Periodista en Diario Viral. Comprometidos con la verdad y la información de Arequipa.

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