El próximo gobierno recibirá un país con múltiples desafíos: inseguridad, crecimiento económico moderado, conflictos sociales y una ciudadanía dividida. Sin embargo, existe un problema mayor y que no esperará la instalación del nuevo gabinete: El Niño costero. Mientras el debate público continúa centrado en la transición política, la naturaleza ya empezó a enviar señales que el Estado no puede darse el lujo de ignorar.
Los primeros efectos ya son visibles. Como Diario Viral, lo adelantó, la pesca de anchoveta registra una de sus peores temporadas de los últimos años, las altas temperaturas afectan cultivos como el mango, la papa, el olivo y la cebolla, y algunos alimentos comienzan a reflejar incrementos en sus precios debido a una menor oferta. Lo preocupante es que los especialistas del Senamhi proyectan que este fenómeno podría prolongarse hasta febrero de 2027, con su mayor intensidad entre septiembre y diciembre. Es decir, cuando el nuevo gobierno recién esté organizando sus ministerios, el impacto climático podría encontrarse en fase crítica.
La experiencia demuestra que el Perú suele reaccionar cuando la emergencia destruyó todo. Ocurrió en anteriores años de El Niño. Después llegan las declaratorias de emergencia sin efecto, las malas compras y apresuradas y promesas de reconstrucción que siguen acumuladas.
La nueva administración tiene la oportunidad de romper ese ciclo. La transición de gobierno debería servir para preparar una estrategia nacional que involucre a ministerios, gobiernos regionales y municipalidades antes de que las lluvias alcancen su mayor intensidad. El gobierno debe llegar con planes de contingencia y no empezar de cero. Gobernar también significa anticiparse a los riesgos. El Niño no entiende de calendarios políticos ni espera ceremonias de juramentación. Mientras el país cambia de autoridades, el clima ya empezó a marcar la agenda.