Si bien es cierto que estamos a pocos días de un cambio de gobierno y que tenemos un Estado burocrático, que no es un problema de ahora sino de siempre y que genera mucha dependencia de la sociedad para cualquier iniciativa, esto de ninguna manera justifica la lentitud con la que actúan nuestros líderes políticos, poniendo excusas y justificando cada decisión.
Cuando postularon a sus cargos, ya conocían el diagnóstico de nuestro país. Los problemas no aparecieron de la noche a la mañana. La inestabilidad política y el abuso del poder, especialmente desde el Congreso de la República, vienen de años atrás. Se han impulsado leyes cuestionables, se han debilitado las instituciones y se ha afectado la autonomía de los poderes del Estado. Incluso se retomó la bicameralidad, a pesar de que en un referéndum la mayoría de la ciudadanía rechazó esta propuesta.
Hoy vemos, en primer lugar, improvisación en la elección de ministros. Pareciera que el actual partido que asumió el poder no esperaba ganar las elecciones y que ni siquiera contaba con un verdadero plan de gobierno. El fenómeno de El Niño, por ejemplo, no es un problema inesperado: estaba anunciado y quien asumiera el poder debía enfrentarlo con rapidez, especialmente porque los gobiernos anteriores no desarrollaron una política de prevención eficaz.
Mientras tanto, la delincuencia se sigue normalizando. Solo escuchamos discursos políticos que prometen de todo, pero en la práctica poco cambia. La violencia continúa avanzando ante la falta de autoridades capaces de tomar decisiones firmes. El Poder Legislativo ya lleva 20 días y, hasta ahora, no se conoce una iniciativa concreta que responda de manera efectiva al problema de la inseguridad.
Tampoco encontramos anuncios claros sobre una reforma educativa que realmente transforme el nivel de nuestra educación y permita que nuestros niños y jóvenes estén preparados para competir y desenvolverse en un mundo cada vez más exigente.
Los cargos públicos tampoco deberían seguir entregándose como favores políticos. Mientras tanto, vemos ministros recorriendo el país y repitiendo diagnósticos sobre problemas que ya conocemos. Lo que se necesita con urgencia es construir una verdadera cultura de prevención, tomar decisiones y pasar de las palabras a la acción.
Se necesita iniciar la implementación de hospitales, mejorar los servicios públicos, revisar el gasto del Estado, garantizar un uso responsable de los recursos y poner en funcionamiento todo el aparato estatal. No necesitamos más entrevistas en medios de comunicación ni discursos cuidadosamente preparados; necesitamos obras, decisiones y resultados que devuelvan a la ciudadanía la confianza en sus instituciones.
Todos los que se presentan a una elección conocen, o deberían conocer, la realidad del país. Por eso, su deber es trabajar desde el primer día. Ya terminó el tiempo de las autoridades que aparecían para darse un baño de popularidad, ensuciarse para la foto y luego regresar a sus oficinas.
El país necesita ser administrado con responsabilidad, principio de autoridad y una mirada firme hacia el futuro. Ya conocemos el diagnóstico. Lo que falta es actuar.