Lunes en la mañana, faltan minutos para comenzar la jornada laboral en ECA.S.A. La conversación en la esquina del almacén central se calienta a despecho del frío matutino. El loco Rubén escucha con atención a “La lora”, quien suelta con convicción de iluminado:
“Bueno, ‘el alcalde’ habrá robado varios millones, pero al menos hizo las pistas, puentes y las canchitas de fulbito, hay que reconocerlo”. Se produce un silencio breve, incómodo. Nadie quiere comenzar mal el día. El Loco, sin ganas de pelear, zanja: “Yo respeto tu opinión, pero no estoy de acuerdo”.
Todos asienten aliviados. La diplomacia del lunes ha sido salvada. Sin embargo, en el fondo, acabamos de presenciar un acto de elegante cobardía.
Nos han vendido que la frase “respeto tu opinión” es lo máximo de la tolerancia. Se usa como escudo mágico para desactivar el debate y salir del paso sin despeinarse. Pero, confundimos el derecho inalienable de la persona a expresarse con la obligación de otorgarle valor moral al contenido de lo que dice. No todas las ideas son respetables; muchas son simplemente aberrantes, tramposas o fruto de la pura pereza mental.
¿Se debe «respetar» una opinión que relativiza la corrupción, justifica el fraude porque “todos lo hacen” o valida el maltrato por costumbre? ¿Acaso debemos sonreír condescendientes ante alegatos que pretenden normalizar matrimonios infantiles bajo la coartada de tradiciones culturales, o aceptar ese sesgado concepto de derechos humanos que exige todas las garantías para el delincuente mientras condena al olvido y la indefensión a la víctima? Tolerar la falta de honradez por no incomodar al interlocutor no es educación: es complacencia.
Si Karl Popper hubiera estado en la reunión, habría advertido: “Si una sociedad es tolerante sin límites, su capacidad de ser tolerante terminará destruida por los intolerantes”. Y, si por ahí pasara la filósofa Adela Cortina, añadiría que en una convivencia sana existen mínimos morales —honestidad, integridad, dignidad humana— que no son negociables.
Existe un deber ético previo a la palabra: investigar antes de emitir un juicio. Hablar por hablar no es libertad; es una falta de respeto al conocimiento y al oyente. Curiosamente, la historia une extremos impensados. Mao Tse-Tung sentenció: «Quien no ha investigado no tiene derecho a hablar». Y en la Biblia, Proverbios (18:13) susurra lo mismo: «Al que responde antes de escuchar, la palabra le es fatiga y oprobio». Para opinar no basta con tener boca; hace falta rigor, lectura y honestidad intelectual.
Suelo recordar a mi papi cuando veía a alguien hablar sobre temas que desconocía. Sonreía despacio, apuraba su café con leche y decía: “Estos creen que porque pueden hablar tienen la razón”. Respetar al ser humano es un imperativo; pero preguntar y no conceder tregua a las opiniones que atentan contra la ética es un ejercicio de salud mental colectiva. La próxima vez que alguien pretenda “hacer pasar” un disparate disfrazado de «punto de vista», lo más honesto no será la sonrisa condescendiente, sino recordar con firmeza que las ideas, a diferencia de las personas, tienen que ganarse el respeto con pruebas en la mano.