Opinión

El carnaval no solo se juega, también se defiende

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Febrero llega a Arequipa con un pulso distinto. No solo por las lluvias que refrescan la campiña, sino por un carnaval que, año tras año, insiste en recordarnos quiénes somos y de dónde venimos. El carnaval arequipeño no es un simple calendario de juegos con agua o comparsas improvisadas; es una expresión cultural profunda, una herencia mestiza que combina tradición rural, picardía urbana y sentido comunitario.

Durante décadas, el carnaval fue, sobre todo, una fiesta barrial. En los pueblos jóvenes, en los distritos tradicionales y en la campiña, el juego con agua, el talco y la serpentina era una forma de encuentro. Se cantaba, se bailaba, se compartía comida y chicha, y se reforzaban lazos vecinales. Era un carnaval espontáneo, poco planificado, pero cargado de identidad. Allí convivían el huayno carnavalesco, la sátira social y una alegría que no necesitaba escenarios.

Sin embargo, como muchas manifestaciones culturales, el carnaval no ha sido ajeno a los cambios sociales. En los últimos años, Arequipa ha visto una transformación evidente: mayor organización municipal, eventos masivos, concursos, desfiles y una creciente mirada turística.

El carnaval se ha ordenado, pero también se ha homogeneizado. Algunas prácticas tradicionales han cedido espacio a espectáculos más estandarizados, pensados para el consumo rápido y la fotografía en redes sociales.

Este cambio plantea una tensión inevitable. Por un lado, la formalización permite visibilizar el carnaval, atraer visitantes y generar movimiento económico. Por otro, corre el riesgo de vaciarlo de contenido simbólico, de convertirlo en un evento más del calendario festivo sin arraigo real en la memoria colectiva. Cuando la fiesta se traslada a escenarios oficiales, se debilita su esencia participativa.

Aun así, el carnaval sigue siendo un termómetro cultural. En él se expresa la capacidad de Arequipa para adaptarse sin romper con su pasado. La clave está en el equilibrio: preservar las prácticas comunitarias, valorar la música local y entender que la identidad no se conserva en vitrinas, sino en la participación activa.

Defender el carnaval arequipeño no es oponerse al cambio, sino exigir que el progreso no borre la memoria. Porque mientras febrero siga sonando a coplas y risas, Arequipa seguirá celebrándose.
 

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