Permítanme, durante algunas semanas, reflexionar sobre un aspecto muy importante, demasiado importante, como para no dedicarle algunas líneas o, en este caso, algunas columnas. Me refiero a la educación superior en el primer cuarto del siglo XXI y, para ser más específicos, a la enseñanza universitaria de ciencias sociales.
Pero este análisis no puede partir de la actualidad, ni mucho menos del pasado inmediato. Una reflexión sobre tan importante tema nos debe llevar a los orígenes de las mismas universidades occidentales. Para ello es importante recordar los inicios de la educación superior: la primera universidad fue la Universidad de Bolonia y fue creada en 1088, en Italia, como una respuesta a la necesidad de formar juristas y sistematizar el conocimiento en torno al derecho romano.
Recordemos que los primeros centros de educación superior estaban dirigidos por la religión católica y por las principales órdenes religiosas, por ejemplo, los dominicos, franciscanos y jesuitas, quienes jugaron un papel fundamental en la transmisión del saber.
Durante sus inicios, la esencia de la educación universitaria fue la búsqueda de la verdad y la formación de élites intelectuales, y para ello se organizaba en facultades divididas en artes, derecho, medicina y teología, cada una con un cuerpo docente especializado.
Las primeras carreras o estudios universitarios fueron Derecho, Medicina y Teología, y tenían como objetivo formar profesionales para la administración de justicia, el cuidado de la salud y la conducción espiritual de las comunidades.
Un aspecto que no debemos olvidar es que la principal tarea de las universidades de esa época era la difusión y creación de conocimiento científico; para ello era indispensable la enseñanza de asignaturas tales como filosofía, lógica, retórica, matemáticas y astronomía, todas ellas marcaban una enseñanza enciclopédica que buscaba abarcar el conjunto del saber humano.
Finalmente, es importante, en este resumen inicial, destacar la forma de enseñanza y evaluación. Estamos hablando de hace cientos de años, en los que el internet o la famosa IA no eran ni siquiera sueño (o una pesadilla).
Las principales metodologías de enseñanza eran la lección magistral, la disputa académica y el comentario de textos clásicos; sin embargo, la base siempre fue la oralidad: el defender las ideas, el conocimiento, a través de la palabra dicha. Este puede ser un buen punto de partida para lo que veremos más adelante.