En su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, que como cada año hemos celebrado este 1 de enero, el papa León XIV nos ha recordado que la paz es un anhelo de todo hombre y mujer que habita en este mundo, lo cual se manifiesta incluso en el hecho de que en muchas culturas se saluda deseándose la paz unos a otros. Anhelo que encuentra su cumplimiento en Jesucristo que, el mismo día de su resurrección, saludó a sus discípulos con las palabras «La paz esté con ustedes» (Jn 20, 19-21), a través de las cuales Jesús «no sólo desea, sino que realiza un cambio definitivo en quien la recibe y, de ese modo, en toda la realidad…es la paz de Cristo resucitado, una paz desarmada y desarmante, humilde y perseverante. Proviene de Dios, que nos ama a todos incondicionalmente». Una paz desarmada, como desarmado se entregó Jesús a la muerte para liberarnos de la esclavitud del pecado y de la condenación eterna. Y, justamente por eso, una paz desarmante, porque el que la acoge queda «liberado interiormente del engaño de la violencia».
Lamentablemente, un elevado porcentaje de la población mundial todavía no acoge la paz que Jesús vino a traernos. Según nos dice el mismo papa en su citado mensaje, «en el curso del 2024 los gastos militares a nivel mundial aumentaron un 9.4% respecto al año anterior, confirmando la tendencia ininterrumpida desde hace diez años y alcanzando la cifra de 2718 billones de dólares, es decir el 2.5% del PBI mundial». Pero no sólo en el ámbito gubernamental de las naciones se sigue cultivando una “cultura” del armamentismo y la violencia, como lo vemos en las varias guerras que hoy mismo hay en curso en diversas partes del mundo. Como también dice León XIV, se da igualmente en la vida doméstica, en las relaciones sociales y en la vida pública. Son las que el papa Francisco, en su encíclica Fratelli Tutti, calificó como «actitudes cerradas e intolerantes que nos clausuran ante los otros» (n. 42), «movimientos digitales de odio y destrucción» (n. 43) y «formas insólitas de agresividad, insultos, maltratos, descalificaciones, latigazos verbales hasta destrozar la figura del otro» (n. 44).
Ante esta realidad, en su homilía durante la misa con motivo de esta Jornada Mundial de la Paz, nuestro actual pontífice nos recordó que «el mundo no se salva afilando las espadas, juzgando, oprimiendo o eliminando a los hermanos, sino más bien esforzándose incansablemente por comprender, perdonar, liberar y acoger a todos, sin cálculos y sin miedo», y nos alentó a que el cambio de año sea también «el comienzo de una vida nueva, gracias al amor generoso de Dios, a su misericordia y a la respuesta de nuestra libertad». Unido a estos deseos del papa León, animo a todos los cristianos y peruanos de buena voluntad a que seamos artífices de paz, especialmente en este año que estará marcado por las campañas electorales en las que se corre el riesgo de caer en la violencia física o verbal, especialmente a través de las redes sociales. Desarmados y desarmantes, como Jesús, dejémonos guiar por el Espíritu Santo, cuyos frutos, como dice San Pablo, son: «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Gal 5,22-23).