El inicio de un nuevo gobierno siempre renueva las esperanzas de un país. En su primer mensaje a la nación, la presidenta Keiko Fujimori presentó una agenda ambiciosa: combatir la inseguridad y el Fenómeno El Niño, aumentar el salario mínimo, duplicar Pensión 65, impulsar el empleo juvenil, modernizar el Estado con inteligencia artificial y ejecutar grandes proyectos de infraestructura. Son anuncios que responden a problemas urgentes, pero la experiencia reciente demuestra que las promesas solo adquieren valor cuando se traducen en resultados concretos. El tiempo de los discursos terminó y comenzó el de la gestión.
El principal desafío no será únicamente cumplir ese plan de gobierno, sino gobernar un país profundamente dividido. Casi la mitad de los peruanos no respaldó su candidatura, por lo que su llamado a reconocer que “no hay dos Perú distintos” deberá reflejarse en hechos y no quedarse en una frase de cierre. Asimismo, la relación con un Congreso donde el oficialismo tendrá amplia influencia exigirá madurez política, respeto por las instituciones, transparencia y apertura al diálogo para evitar que el país vuelva a caer en la confrontación que tanto daño le ha hecho durante la última década.
Los 1826 días de gobierno que la propia mandataria mencionó ya comenzaron a correr. Cada anuncio será medido por sus resultados y cada decisión impactará directamente en la vida de millones de peruanos. El Perú necesita recuperar la confianza en sus autoridades y demostrar que es posible gobernar con eficiencia, honestidad y visión de futuro. Más que inaugurar obras o anunciar reformas, el verdadero éxito de esta gestión dependerá de que logre unir al país y devolverle la certeza de que el Estado trabaja, finalmente, para todos los peruanos.