En tiempos electorales, los debates organizados por el Jurado Nacional de Elecciones deberían ser el espacio más valioso para que la ciudadanía compare ideas, evalúe propuestas y tome decisiones informadas. Sin embargo, lo visto en la reciente jornada presidencial deja una preocupación legítima: se está perdiendo el verdadero sentido del debate democrático.
Lo ocurrido no es un hecho aislado. La dinámica de ataques personales, acusaciones y frases efectistas ha reemplazado el análisis serio de los problemas del país. Temas cruciales como seguridad, economía o educación fueron abordados sin profundidad, con promesas que, en muchos casos, carecen de sustento técnico o viabilidad real.
Este escenario genera un riesgo evidente: que el voto ciudadano se defina por percepciones superficiales y no por propuestas concretas. Cuando el elector recibe más espectáculo que contenido, la democracia se debilita, porque deja de basarse en decisiones informadas y se acerca peligrosamente a la emocionalidad del momento.
La responsabilidad no recae únicamente en los candidatos. También involucra a las instituciones, que deben garantizar formatos más exigentes, y a los propios ciudadanos, que deben demandar mayor claridad, coherencia y seriedad en los planteamientos. Elegir autoridades no puede convertirse en una reacción impulsiva frente a un debate poco constructivo.
A pocos días de las Elecciones Generales 2026, el país necesita elevar el nivel del diálogo político. No se trata de quién gana una discusión, sino de quién está preparado para gobernar. Porque al final, no está en juego un debate, sino el futuro del Perú.