El 1 de octubre volveremos a celebrar el Día del Periodista Peruano. La fecha recuerda la aparición del Diario de Lima en 1790 y fue oficializada en 1953.
Pero cada aniversario debería servir para algo más que para intercambiar saludos, reconocimientos y fotografías. También debería invitarnos a preguntarnos qué queda del periodismo cuando la ética deja de ser su brújula.
Dieciocho grandes periodistas, pertenecientes a épocas y diferentes países, ofrecen respuestas que conservan una sorprendente vigencia. Sus trayectorias muestran que informar nunca fue solo trasladar datos de un lugar a otro.
Oriana Fallaci puso la verdad por encima del dinero y del poder. Anna Politkovskaya entendió que investigar al poder podía tener un precio exorbitante. Ambas recordaron que el periodista no está para obedecer.
Ryszard Kapu?ci?ski sostuvo que sin relación con el otro, no existe verdadero periodismo.
Robert Capa reclamó implicación con la realidad. Dorothea Lange mostró, incluso involuntariamente, que la compasión jamás debe deformar los hechos.
John Hersey enseñó otra lección necesaria: la contención también puede ser una forma de respeto. Su Hiroshima demostró que informar con exactitud puede resultar más poderoso que cualquier dramatización.
Woodward y Bernstein hablaron de buscar la mejor versión factible de la verdad. Esa expresión contiene una saludable humildad: el periodista puede equivocarse, pero nunca debe abandonar la búsqueda.
Edward R. Murrow advirtió sobre el poder de los medios. Indro Montanelli ubicó la confianza del lector en el centro de la profesión. Reconocer públicamente el error también forma parte de la ética.
Gay Talese dejó una advertencia diferente. Sus principios sobre respetar la confianza ajena fueron puestos en cuestión por The Voyeur’s Motel. La trayectoria demuestra que ningún prestigio otorga licencia para ignorar los límites éticos.
Martha Gellhorn defendió el compromiso con los oprimidos, aunque su mirada tuvo puntos ciegos. Tom Wolfe denunció la pérdida de credibilidad provocada por rumores y ausencia de rigor.
Gianni Rodari enseñó que educar mediante el periodismo no equivale a adoctrinar. François-Noël Babeuf entendió la prensa como instrumento de lucha social. Alexander Berkman recuerda, por contraste, que la acción violenta pertenece a otra esfera.
Joseph Pulitzer dejó una enseñanza institucional: el periodismo requiere formación y servicio al interés público. Endre Ady añadió otra exigencia: firmar equivale a asumir responsabilidad.
Dieciocho voces, entonces, parecen decirnos lo mismo desde caminos distintos. La verdad no pertenece al poder, al mercado ni al periodista.
Pertenece al ciudadano que confía en quien informa. Por eso, celebrar al periodista implica también defender su responsabilidad.
La tecnología cambia, los medios desaparecen y otros aparecen. La ética, en cambio, sigue siendo la tinta que ninguna innovación puede sustituir.
En tiempos de inteligencia artificial, redes sociales y velocidad informativa, quizá necesitemos menos periodistas que corran detrás de la noticia. Necesitamos periodistas capaces de detenerse antes de publicarla.
Ese debería ser nuestro mejor homenaje al periodismo peruano.