Las familias disfuncionales no son una ficción ni una excepción. Están entre nosotros y, muchas veces, detrás de una separación aparentemente común queda una batalla silenciosa donde los hijos terminan pagando las consecuencias de heridas que pertenecen exclusivamente a los adultos.
En Arequipa, la disolución de las parejas es una realidad cada vez más frecuente. Los registros citados de Sunarp señalan 827 divorcios inscritos en la provincia durante 2025, mientras que los especialistas advierten que el verdadero peligro para los menores no está necesariamente en la ruptura, sino en convertirlos en espectadores y participantes del conflicto.
Un niño no debería llevar mensajes entre sus padres, reclamar una pensión, pedir útiles escolares ni escuchar que uno de ellos es responsable de todos los problemas.
Cuando los adultos utilizan a sus hijos como intermediarios, mensajeros o instrumentos de presión, trasladan sus propias heridas a quienes todavía están aprendiendo a comprender el mundo.
Por eso, esta semana hemos preparado una selección de reportajes que busca ayudar a quienes son padres a mirar primero sus propias heridas y aprender a no reproducirlas.
Separarse puede ser doloroso; destruir emocionalmente a los hijos no debería formar parte del proceso. El amor de pareja puede terminar, pero la responsabilidad de ser padres permanece.
Los hijos necesitan comprender que no perdieron a sus padres cuando terminó una relación; necesitan sentir que siguen teniendo una familia que los protege, los escucha y les brinda seguridad. Curar las heridas personales antes de trasladarlas a los hijos también es una forma de ejercer la paternidad con responsabilidad.