Cada inicio de la temporada de lluvias en Arequipa suele venir acompañado de una mezcla de alivio, temor y memoria. Alivio porque el agua vuelve a correr por los cauces que alimentan la campiña; temor porque la ciudad moderna, muchas veces desordenada, no siempre está preparada para recibirla; y memoria porque la lluvia, más que un fenómeno climático, ha sido un elemento configurador de nuestra identidad cultural.
Arequipa se ha pensado a sí misma como una ciudad del sol, del cielo despejado y del clima seco. Sin embargo, basta observar con atención su historia para entender que la lluvia ha tenido un rol silencioso pero decisivo. Los ciclos agrícolas del valle del Chili, base económica y simbólica de la ciudad por siglos, dependieron de la regularidad de las lluvias en las zonas altas. Sin ellas, no habría campiña ni esa relación afectiva que los arequipeños mantienen con su paisaje verde.
La arquitectura tradicional también dialoga con la lluvia. Las casonas de sillar, con patios interiores, canales y desniveles, fueron pensadas para conducir el agua, no para negarla. Incluso el uso del sillar, piedra volcánica porosa, responde a un conocimiento ancestral del clima: absorbe, regula y protege. Allí hay cultura material y saber acumulado.
En el plano simbólico, la lluvia ha sido vista como bendición y advertencia. En el imaginario popular, las primeras lluvias anuncian renovación y esperanza, pero también recuerdan la fragilidad de la ciudad frente a la naturaleza. No es casual que muchas tradiciones orales asocien el agua con el equilibrio y el respeto al entorno.
Hoy, en el marco del cambio climático y del crecimiento urbano acelerado, la lluvia vuelve a interpelarnos. Las inundaciones, los huaicos y los colapsos de drenaje no son solo problemas técnicos: son síntomas de una ruptura cultural con el territorio. Hemos construido de espaldas al agua, olvidando que Arequipa nació entendiendo sus ciclos.
Por eso, el inicio de la temporada de lluvias debería ser un momento de reflexión colectiva. No se trata solo de prever emergencias, sino de recuperar una relación consciente con la naturaleza. Porque en Arequipa, la lluvia también moldea nuestra historia y nuestra forma de ser.