Arequipa vuelve a mojarse de realidad. Donde antes hubo cauces naturales hoy hay casas, familias y niños viviendo en zonas que la naturaleza siempre reclamará. No es sorpresa: es una tragedia anunciada.
La ciudad está atravesada por múltiples torrenteras debido a su geografía accidentada. Alto Selva Alegre, Miraflores, Mariano Melgar, Paucarpata, Cerro Colorado, Cayma y otros distritos conviven con este peligro latente. Vivir en las riberas implica exponerse cada temporada de lluvias al ingreso de lodo y piedras, poniendo en riesgo directo la vida de quienes construyeron a pocos metros —o dentro— del cauce.
Las lluvias recientes dejaron lodo, piedras y miedo en distritos del Cono Sur. Las torrenteras, convertidas en barrios improvisados, recordaron que no son calles, sino rutas del agua.
No se puede culpar solo a quienes ocupan estos espacios por necesidad. La mayor responsabilidad es de autoridades pasadas y presentes que permitieron invasiones, otorgaron títulos y nunca impulsaron una política seria de vivienda segura.
Reubicar a miles de familias hoy parece casi imposible, pero eso no justifica seguir mirando al costado.
Se repite el discurso de siempre: que las obras de mitigación salvan vidas. No es tan simple. Estas obras son carísimas y, muchas veces, insuficientes. Si el Estado no tiene recursos suficientes para salud o educación, menos los tendrá para contener a la naturaleza.
Apostar solo por muros y canalizaciones es una ilusión costosa.
Mientras tanto, solo queda una mezcla amarga de esperanza y resignación. Ojalá que las lluvias de hoy no se lleven más casas, ni más sueños, ni más vidas.
Porque cuando el agua baja con fuerza, deja al descubierto algo más grave que el lodo: décadas de abandono y decisiones mal tomadas.