En los últimos días, tras conocerse los resultados de las elecciones generales del 12 de abril, el Congreso ha mostrado un rostro distinto. Varios parlamentarios que no lograron la reelección parecen haber perdido interés en sus funciones, mientras que quienes sí continuarán ya piensan en su futuro papel como senadores o diputados. Esta transición ha dejado un ambiente de desgano en el hemiciclo, reflejando la tensión entre el cierre de una gestión y el inicio de otra.
La reciente votación de la interpelación al ministro de Defensa, Amadeo Flores, fue un ejemplo claro de esta situación. El pleno lució casi vacío, a pesar de tratarse de un día laborable y de un tema de relevancia nacional. La ausencia de congresistas en un debate de tal magnitud evidencia la desconexión entre sus responsabilidades actuales y la atención que ya dirigen hacia el próximo periodo legislativo.
Este comportamiento genera preocupación en la ciudadanía, que observa cómo sus representantes parecen desentenderse de los compromisos adquiridos hasta el 28 de julio. La falta de asistencia y participación activa en los debates debilita la institucionalidad y transmite la idea de que los congresistas solo cumplen a medias con el mandato que se les otorgó. La confianza pública se erosiona cuando los padres de la patria se muestran indiferentes.
Todo indica que el Congreso transita por una etapa de inercia política, marcada por la espera de una nueva gestión. Sin embargo, el país no se detiene y las decisiones urgentes requieren presencia y responsabilidad. La democracia se fortalece cuando sus actores cumplen hasta el último día con sus funciones, y se debilita cuando la desidia se impone sobre el deber. El reto está en que los actuales legisladores honren su cargo hasta el final.