La frase retumbó en la clásica esquina del barrio, justo frente a la bodega de siempre. Esa esquina entrañable que, como un puerto fiel y memorioso, sigue recibiendo a las mismas barcas después de tantas décadas. Pasó la eufórica juventud de los años mozos, llegaron las canas irrenunciables y la inminencia de la jubilación, pero el ritual sagrado del grupo se mantiene intacto: un buen partido de fulbito entre amigos y la posterior tertulia al paso, sazonada con cervecitas heladas, risas, anécdotas desempolvadas y el infaltable sabor de la chacota barrial.
Ahí van llegando El Cholo con Titi; los aguardan impacientes el Chueco, el Zurdo, el Burro y Sopi. A dos cuadras avanzan a paso firme Garré y Camote, mientras a lo lejos retumba el vozarrón inconfundible del «Cochas» junto al fino y oportuno retruque de «Pingüino». Se oyen a la distancia las carcajadas sonoras del Pollito, el Mosquito y «Patas blancas», todo bajo la mirada siempre seria y circunspecta de Pataditas. Mientras tanto, en el centro de la ronda, el Chino apura el vaso de un solo trago antes de que «Luciano» le lance el clásico y punzante reclamo criollo: «¡Qué vieja tiene la copa!», por la imperdonable falta de demorarse en hacer rotar la botella.
En los años setenta u ochenta, las convicciones en esa misma esquina eran duras, talladas en piedra y de fierro. «El Flaco» encarnaba como nadie ese machismo imperante e incuestionable de la época: sentenciaba con vehemencia que «mi mujer no baila con otro», juraba que el «de» adjunto al apellido tras el matrimonio era un sello indiscutible de pertenencia absoluta y repetía que las esposas, por el solo hecho de ser mujeres, no debían trabajar fuera de la casa.
El hogar, con sus muros y rutinas, era su único territorio permitido y natural.
Sin embargo, en esta tarde soleada, entre sorbo y sorbo de espuma fría, el Flaco miró fijamente al grupo, guardó un segundo de silencio y soltó una reflexión que detuvo en seco todas las risas: «Muchachos, la vida comienza y termina todos los días. Uno no es un bloque de granito esculpido para siempre. Leí por ahí que un viejo sabio griego decía: todo fluye, nada permanece. Si todo en la naturaleza se transforma y se renueva a cada instante, ¿por qué nosotros habríamos de quedarnos entrampados en las certezas oxidadas de cuando teníamos veinte años? Hoy veo a nuestras hijas y a nuestras esposas convertidas en profesionales admirables, abriéndose paso en la vida con talento y mérito propio, y entiendo que su libertad y su trabajo no nos restan absolutamente nada; al contrario, nos dignifican a todos como sociedad y como seres humanos».
Esa profunda capacidad de reescribir lo que pensamos es, sin duda, la mayor riqueza de la mente humana. Lejos de la terquedad y la rigidez mental de quienes envejecen aferrados a viejos dogmas insostenibles, nuestro cerebro posee una maravillosa maleabilidad, un engranaje vivo capaz de moldear nuevas redes de comprensión a medida que sumamos vivencias y años de camino. La experiencia no solo pasa de largo por nosotros: nos transforma por dentro, afina con delicadeza los circuitos de la empatía y rompe los prejuicios más añejos y arraigados.
Las bromas amables y las palmaditas en la espalda no tardaron en caer para amortiguar el momento, pero la lección quedó flotando en el aire, entre la espuma dorada de la cerveza arequipeña. Cambiar de opinión no es flaquear ni traicionar lo que fuimos; es, sencillamente, evolucionar con la experiencia. Por eso, que en la esquina de toda la vida le hayan gritado con una sonrisa «¡cómo has cambiado, pelona!» terminó siendo el mejor y más sincero de los elogios: la prueba viva y palpante de que los años no han pasado en vano.