Esta semana se desarrolló el Congreso Anual sobre la Región Arequipa (CARA) 2026, un espacio que reunió a académicos, intelectuales y representantes institucionales para reflexionar sobre los desafíos de nuestra sociedad.
En esta edición se me encargó moderar el primer panel del evento, titulado “Construyendo nuestra unión”, junto con figuras como Cecilia Bákula, Alonso Quintanilla, el representante de la Universidad Católica de San María y el arzobispo de Arequipa, monseñor Javier del Río.
El eje central del panel fue la difícil pero imprescindible tarea de construir nación o, al menos, encontrar puntos de encuentro que nos permitan reconocernos como tal.
En un contexto marcado por profundas desigualdades (educativas, económicas, de acceso a la salud y de reconocimiento de derechos), el reto consiste en idear mecanismos que reduzcan estas brechas y fortalezcan la cohesión social. Aunque el diagnóstico compartido por los panelistas tuvo tintes pesimistas, coincidimos en que el ser humano debe ocupar el centro de toda acción, y que el Estado tiene un papel fundamental en garantizar condiciones mínimas de equidad.
La discusión también abordó la crisis de instituciones que, en otros tiempos, fueron vistas como pilares de estabilidad.
Los datos recientes de los censos muestran una disminución en el número de católicos y un cambio en los patrones familiares, con más personas optando por no tener hijos o tener muy pocos.
Desde la sociología, más que hablar de crisis, se plantea que las instituciones siempre han estado en transformación; lo que ocurre ahora es que los cambios se producen con mayor rapidez.
En este sentido, la seguridad que ofrecían la costumbre y la tradición como elementos de identidad y unión se ve cuestionada por el individualismo y la inmediatez que caracterizan a las nuevas generaciones.
La sensación general es que casi todo está mal y que la posibilidad de una unión nacional parece lejana. Sin embargo, como recordaba Antonio Gramsci, el hecho de que las cosas estén mal no significa que deban permanecer así siempre.
Espacios como el CARA representan una esperanza colectiva, un intento de recuperar la confianza en nuestras instituciones y de abrir caminos hacia la integración: un recordatorio de que, pese a las dificultades, aún es posible imaginar un país más justo, cohesionado y humano.