Agosto se despide y con él termina el mes de Arequipa. Sin embargo, para una ciudad con tanta historia, el calendario jamás debería significar punto final.
Dentro de catorce años Arequipa cumplirá cinco siglos de existencia. Parece lejano, pero la experiencia enseña que una ciudad que pretende celebrar su historia debe comenzar a trabajar mucho antes.
El cuarto centenario debería servirnos de advertencia. La celebración terminó realizándose en octubre y no en agosto, como correspondía a la fecha fundacional. Que la improvisación no vuelva a derrotar a la memoria.
En 1969, el doctor Héctor Guillén Cusirramos propuso crear un Parque de la Cultura.
Allí debían reunirse monumentos, obeliscos y placas dedicados a los hombres ilustres de Arequipa. El proyecto quedó encarpetado.
Han pasado décadas y todavía resulta válida aquella idea. Arequipa necesita un espacio que permita homenajear a sus hijos ilustres y, al mismo tiempo, contar su historia a las nuevas generaciones. Porque nuestra memoria no puede reducirse a unas cuantas estatuas dispersas. Tampoco puede depender de que algún curioso recuerde quién fue Manuel Toribio Ureta, Mariano Melgar, Juan Pablo Vizcardo y Guzmán o Pedro Paulet.
La historia de Arequipa está poblada de hombres y mujeres que dejaron mucho más que nombres. Dejaron virtudes: servicio, disciplina, lealtad, sacrificio, justicia, pensamiento, fe y voluntad de libertad.
También dejaron defectos. Reconocerlos no disminuye a la ciudad, sino que la hace más humana y permite comprender que ninguna generación recibe una herencia perfecta.
Arequipa fue forjada por fundadores, patriotas, religiosos, científicos, artistas, juristas, militares, escritores y ciudadanos anónimos. Todos forman parte de una trama que explica por qué seguimos llamándola Muy Noble y Muy Leal, Fidelísima, Heroica ciudad de los libres y Roma del Perú. Pero honrar esa herencia exige algo más que discursos y ceremonias. Exige conservar patrimonio, recuperar espacios, ordenar la ciudad, identificar a sus personajes y enseñar su historia.
Exige también pensar qué Arequipa queremos entregar a quienes celebren el quinto centenario. Una ciudad que solamente recuerde su pasado será un museo. Una ciudad que lo comprenda podrá convertirlo en futuro.
Todavía estamos a tiempo. Hay catorce años para diseñar un programa serio, permanente y ciudadano, con obras que trasciendan gobiernos y autoridades.
Que no ocurra nuevamente aquello que tantas veces hemos lamentado: celebrar tarde lo que debió prepararse temprano.
García Manuel de Carbajal dejó una Villa que debía construirse. Cinco siglos después, la obligación continúa siendo nuestra.
Que el quinto centenario no sea solamente una fiesta. Que sea la culminación de catorce años de trabajo para que Arequipa pueda mirarse al espejo de su historia y reconocerse digna de su futuro.