Agosto siempre ha sido el mes del orgullo arequipeño, de las tradiciones, la campiña, el pasacalle y la identidad que distingue a la Ciudad Blanca. Sin embargo, este año el escenario luce distinto. Desde hace varias semanas, las calles de distritos como Socabaya, Miraflores, Paucarpata, Mariano Melgar y el Cono Norte han cambiado de paisaje. Decenas de bambalinas, paneles y locales de campaña ocupan avenidas, esquinas y espacios públicos. Hay rostros nuevos, los candidatos de siempre y una competencia por quién logra mayor presencia visual. La campaña para las elecciones municipales y regionales parece haber convertido la ciudad en una gigantesca vitrina política.
La propaganda electoral es parte de toda democracia y la legislación peruana reconoce el derecho de las organizaciones políticas a difundir sus propuestas. Sin embargo, ese derecho también tiene límites. La normativa electoral establece que la publicidad debe respetar las ordenanzas municipales, no afectar el ornato público ni colocarse en lugares prohibidos, además de evitar el uso indebido de bienes públicos. La responsabilidad de fiscalizar corresponde tanto a los gobiernos locales como a los organismos electorales, pero basta recorrer Arequipa para advertir que el control resulta insuficiente. La contaminación visual crece, los espacios públicos pierden orden y la sensación es que la competencia ya no gira solo en torno a las mejores propuestas, sino a quién invade más paredes, avenidas y postes.
La verdadera campaña debería ganarse con ideas y capacidad de gestión, no con la cantidad de gigantografías instaladas. Arequipa necesita candidatos que expliquen cómo enfrentarán el desorden urbano, la pérdida de la campiña, la inseguridad, el transporte y el riesgo de desastres; no aspirantes que confundan presencia con liderazgo. Si el inicio del mes aniversario ya está marcado por el exceso de propaganda, corresponde a las autoridades hacer cumplir las reglas y a los ciudadanos recordar que una fotografía gigante no reemplaza un buen plan de gobierno. La mejor propaganda seguirá siendo la credibilidad, no el tamaño de una banderola.