Mientras el país debate la vacancia del presidente Jerí, el calendario electoral avanza sin tregua. Restan 76 días para elegir autoridades en un escenario institucional cada vez más frágil.
La destitución de la Fiscal de la Nación confirma el copamiento progresivo de organismos encargados de contener el abuso del poder. No es un hecho aislado, sino parte de una secuencia reconocible.
Entretanto, la inseguridad ciudadana se extiende al territorio. El miedo cotidiano erosiona la convivencia, debilita la autoridad legítima y normaliza la resignación social.
Nada de esto ocurre en el vacío. Mientras tanto, Perú enfrenta su crisis interna en un escenario internacional también en transformación: el orden mundial vigente desde 1945 se resquebraja aceleradamente.
Dentro de este panorama, la política exterior de Donald Trump actuó como catalizador de ese proceso. No creó un nuevo orden, pero desarticuló los cimientos del existente.
El “America First” convirtió alianzas estratégicas en transacciones. La OTAN, la OMC y la OMS pasaron a verse como balances contables, no como compromisos compartidos.
El soberanismo absoluto desplazó el respeto por las normas internacionales. Acuerdos climáticos, pactos nucleares y tribunales fueron tratados como obstáculos prescindibles.
Ese repliegue generó un vacío de liderazgo. China y Rusia ampliaron su margen de maniobra en un sistema sin ancla clara ni previsibilidad.
Más grave aún fue la legitimación de tácticas iliberales. El proteccionismo agresivo y la diplomacia confrontacional dejaron de ser excepción para convertirse en método.
Las consecuencias de ese giro persisten. Para 2026, el mundo aparece fragmentado en sistemas paralelos, tecnológicos, financieros y productivos, con reglas cada vez más incompatibles.
Los aliados ya no confían plenamente en las garantías estadounidenses. Europa busca autonomía estratégica y Asia refuerza capacidades propias, con resultados desiguales.
La política exterior se volvió rentable en clave doméstica. El trumpismo demostró que el caos externo puede traducirse en dividendos internos.
Esa lógica inspira a liderazgos populistas en distintas latitudes. La volatilidad internacional se sincroniza así con los ciclos electorales.
En Davos 2026, Canadá ofreció un contrapunto sobrio. No prometió restauraciones imposibles, sino gestionar el desorden con cooperación pragmática.
La propuesta fue un multilateralismo modular. Coaliciones flexibles de países afines para defender normas concretas donde aún es posible cooperar.
Las potencias medianas asumirían un rol de custodia del sistema. No por idealismo, sino por necesidad democrática y económica.
Dos caminos se abren. Uno profundiza en la fragmentación soberanista y la ley del más fuerte.
El otro preserva mínimos compartidos en un orden tenso.
El Perú enfrenta su encrucijada interna en ese contexto global. Instituciones debilitadas y ciudadanía insegura resisten mal un mundo sin reglas.
La política sin ética conduce al abuso. El poder sin límites termina devorando la confianza pública.
El Evangelio recuerda que la verdad libera. También enseña que la justicia sostiene a los pueblos.
Sin instituciones íntegras, ni el país ni el mundo alcanzan estabilidad duradera.