En 2016, el paleontólogo David DeMar Jr. avanzaba a gatas por un afloramiento rocoso en el noreste de Montana, buscando fósiles de peces, cuando se topó con un nódulo oscuro, de un tono entre marrón y rojizo, del tamaño aproximado de una cereza grande. Lo recogió, lo observó con una lupa de mano y, en su superficie, distinguió algo que no esperaba encontrar allí: una diminuta pluma fosilizada.
El hallazgo tenía un componente añadido de rareza. DeMar, gestor de colecciones del Proyecto Hell Creek en el Burke Museum de la Universidad de Washington, llevaba trabajando en esa formación geológica el tiempo suficiente para saber que, pese a más de 150 años de prospecciones, nunca se había documentado allí una sola pluma. Y lo que sostenía entre las manos no era una roca cualquiera: todo apuntaba a que se trataba de un coprolito, el término técnico para un excremento fosilizado.
Diez años después, ese fragmento de heces de dinosaurio se convirtió en la protagonista de un estudio publicado el 10 de septiembre de 2026 en la revista Current Biology, firmado por Jingmai O’Connor, conservadora asociada de reptiles fósiles en el Field Museum de Chicago, junto con DeMar y otros investigadores del Burke Museum y el Carter County Museum de Ekalaka.
Según el equipo, la pluma es la de mejor conservación tridimensional recuperada hasta ahora de todo el Cretácico y ofrece una pista sobre uno de los enigmas más persistentes de la paleontología: por qué las aves fueron el único grupo de dinosaurios que logró sobrevivir a la extinción masiva de hace 66 millones de años.