Se dice que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Algo parecido ocurre con Arequi pa: la ciudad posee tres récords Guinness que llevaron su cultura y gastronomía ante los ojos del mundo. Pero existe una paradoja que duele: mientras miles de personas bailaron para conquistar esos reconocimientos, hoy muchos arequipeños ni siquiera recuerdan que la Ciudad Blanca los posee. El récord quedó en una fotografía; la pregunta es qué hizo la ciudad después con él.
Un récord Guinness no es solo una cifra. Es una certificación internacional que acredita que una persona, ciudad o institución superó una marca única y verificable. Para Arequipa, significaba una oportunidad de mostrar al mundo que su identidad también podía convertirse en patrimonio vivo, turismo y orgullo colectivo.
RECONOCIMIENTOS. El primer reconocimien to llegó el 24 de agosto de 2014. En la plaza de Armas, 1247 parejas (2494 personas) bailaron durante más de cinco minutos el Carnaval de Arequipa. La adjudicadora de Guinness World Records, Evelyn Carrera, entregó el certificado al entonces alcalde Alfredo Zegarra. Arequipa había conseguido el récord de la danza folclórica peruana más grande del mundo.
Pero la corona duró poco. Tres años después, la Pandilla Moyobambina de San Martín le arrebató el título.
Arequipa, sin embargo, volvió a levantarse. El 16 de setiembre de 2018, 2352 personas regresaron a la plaza de Armas para recuperar el reconoci miento. Esta vez bailaron durante seis minutos la pampeña “La Benita”, de Benigno Ballón Farfán, interpretada por Delfor Cárdenas. El récord volvió a casa.
Y no fue el único. En 2016, Arequipa también con siguió un Guinness gastronómico: el rocoto relleno más grande del mundo, con 542,75 kilos. Más de cien cocineros prepararon alrededor de 2400 rocotos en una bandeja de cinco metros en la plaza de Armas.
Tres récords. Tres oportunidades para convertir una hazaña en una estrategia.
SIN ESTRATEGIAS. La paradoja es que un re conocimiento creado para hacer historia puede terminar convertido en una anécdota si nadie lo recuerda. Para la gestora cultural Fiorella Valencia Mena, el problema no fue conseguirlos, sino lo que ocurrió después. “En su momento, sí, fue un gran impacto”, reconoce. La organización movilizó a ciudadanos, generó actividad económica y fortaleció el orgullo. Pero ese impulso no terminó convirtiéndose en una política cultural sostenida. “Si no hay conocimiento, no va a haber ningún tipo de acción”, advierte Valencia. Por ello, consi dera que los récords debieron aprovecharse des de el turismo, la educación y la promoción cultural.
Según la gestora, el caso de “La Benita” revela, una oportunidad que fue más allá del baile: po ner en valor la obra de Benigno Ballón Farfán y acercarla a las nuevas generaciones. Sin embargo, con los años, el récord dejó de ocupar un lugar visible en la memoria colectiva.
“Lo que está mal es dejar de hablar de lo nuestro”, sostiene la gestora. Y lanza una advertencia: “Es tamos en camino a convertirnos en un recuerdo, en algo que pasó”.
Arequipa todavía puede recuperar esa historia. “Nunca es tarde”, afirma Valencia. Los Guinness pueden dejar de ser diplomas guardados y con vertirse en rutas turísticas, actividades educativas y espacios para transmitir identidad. Porque el verdadero récord no debería ser cuántas personas bailaron aquel día, sino cuánto tiempo fue capaz Arequipa de mantener viva la cultura que la llevó hasta el mundo.