Hay una Arequipa que no se mira, sino que se escucha. Está en el lamento de un yaraví, en una guitarra que acompaña una tarde de campiña, en una pampeña que vuelve fiesta la nostalgia y en ese vals que parece hablar de una ciudad que ya no existe del mismo modo. Parte de esa memoria quedó atrapada en las composiciones de Benigno Ballón Farfán, el músico que convirtió las emociones y costumbres de su tierra en melodías capaces de sobrevivir al paso del tiempo.
Su legado no está solamente en títulos como Melgar, Silvia, La Benita o Carnaval de Arequipa. También está en haber recogido antiguas melodías populares y llevarlas al penta grama. Gracias a esa labor quedaron registrados yaravíes como Amor infame, Delirio, Ruegos y Dueño inhumano, además de marineras como La traidora y Natividad del alma. En 1940 reunió parte de este trabajo en Cantares arequipeños, álbum de yaravíes, marineras y pampeñas. Ballón Farfán no solo creó música: ayudó a impedir que una parte de la memoria musical de Arequipa se perdiera.
CIUDAD CONVERTIDA EN MELODÍA. El investigador musical y profesor de Educación Musical por el Conservatorio Regional Luis Duncker Lavalle, Omar Carrazco Llanos, explica que la permanencia de Ballón Farfán en la memoria colectiva se debe, entre otras razones, a que su música estuvo presente en fiestas religiosas, actos cívicos, celebraciones escolares y espacios de entretenimiento. Además, sus composiciones fueron grabadas y difundidas en discos, lo que permitió que sobrevivieran más allá de su época.
Pero hay algo más profundo. Su obra recogió un “criollismo arequipeño”, una identidad construida desde las costumbres, el mundo campesino y las historias cotidianas de la ciudad.
La nostalgia fue uno de sus lenguajes. Carrazco Llanos explica que el yaraví, marcado por la tristeza y la añoranza, fue transformándose con el tiempo y encontró en Ballón Farfán una nueva forma de expresión al mezclarse con estructuras como el vals.
Así, la nostalgia dejó de ser solamente tristeza: se convirtió en identidad.
EL RETO DE PRESERVAR SU MÚSICA. En 2018, el Ministerio de Cultura declaró su trabajo musical Patrimonio Cultural de la Nación, en la categoría de “Obra de Gran Maestro”. Sin embargo, el reconocimiento no garantiza por sí solo su continuidad.
Carrazco Llanos señala que “la generación cambia, los gustos cambian. El vals ya no ocupa el mismo espacio que tuvo en décadas anteriores y las nuevas generaciones consumen otras expresiones musicales”.
Eso no significa que la música arequipeña haya desaparecido. Sigue transformándose. El desafío está en que esa transformación no rompa el vínculo con su memoria.
El investigador sostiene que las nuevas generaciones deben recordar cuál fue el aporte de Ballón Farfán y comprender que la música también puede expresar las necesidades y cambios de cada época.
Quizá esa sea la mejor manera de conservar su legado: no repetir el pasado, sino permitir que la música arequipeña vuelva a hablar desde el presente. Ballón Farfán dejó algo más que canciones; dejó una partitura de la nostalgia, una manera de escuchar y sentir Arequipa. El reto ahora es que esa melodía no termine convertida únicamente en un recuerdo de agosto, sino que encuentre nuevas voces capaces de mantenerla viva. Porque mientras alguien vuelva a cantar sus canciones, aquella Arequipa que vive en la memoria seguirá teniendo voz.