Cultura

Pelea de toros y la pasión por el triunfo

Pese a que requiere una gran inversión, la crianza de astados llena de orgullo a sus propietarios por las memorias que tienen los criadores con sus animales

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ORLANDO CÁCERES

ORLANDO CÁCERES
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“Los trofeos que tengo gracias a mis toros nunca serán un adorno; cada uno cuenta una historia distinta”. Con esa frase, el criador René Ortiz Zegarra resume 20 años de dedicación a los toros de pelea y las batallas compartidas con ellos. Para él, cada enfrentamiento tiene una historia propia, y pese al sacrificio que implica la crianza, ninguna pelea se siente igual a la anterior.

Su vínculo con estos animales comenzó cuando apenas era un niño. Su padre criaba toros para arar el campo y tenía un establo en Sabandía, donde don René aprendió a observar de cerca el comportamiento de los animales y a conocer —con el paso de los años— los cuidados que requieren.

La vida, sin embargo, lo llevó por otro camino. Su labor en la Policía Nacional del Perú (PNP) lo obligó a recorrer distintas ciudades del país y dejó en pausa su afición. Recién en 2004, ya como coronel en retiro, decidió retomar la crianza y dedicar buena parte de su tiempo a ver crecer a sus animales, mientras realizaba otros trabajos en Arequipa.

En dos décadas, Ortiz ha sido testigo de cómo cambió la crianza de toros. Explica que antiguamente estos animales no eran criados solo para las peleas; hoy, en cambio, deben reunir determinadas características. El trapío, que corresponde a su presencia y conformación física, y la bravura, relacionada con su instinto y respuesta ante los estímulos. Por lo general, inician a los cuatro años de vida.

INVERSIÓN POR TORO. Detrás de cada toro existe también una inversión constante. Ortiz calcula que la alimentación representa unos S/50 diarios, mientras que una visita veterinaria puede bordear los S/170, lo cual incluye la aplicación de medicamentos para prevenir parásitos. A ello se suma el llamado “casqueo”, que René Ortiz define como una manicura para las pezuñas del animal que puede costar entre S/140 y S/150, dependiendo de sus características.

RELACIÓN CON EL TORO. Pero para el criador, el cuidado no termina en la alimentación ni en la salud del animal. Existe un vínculo que -a su juicio- resulta determinante cuando llega el momento de entrar a la cancha: la compenetración entre el toro y quien lo ha criado. 

“Debe existir una compenetración entre el toro y su amo. El animal debe sentirse respaldado, como si se tratase de un padre que observa a su hijo jugar un partido de fútbol”, sostiene Ortiz.
Esa relación entre criadores y animales también ha contribuido —según Ortiz Zegarra— a que la afición crezca en Arequipa. 

Recuerda que años atrás apenas se realizaban unas 10 fechas al año en escenarios como El Azufral, en Cayma; o Cerro Juli, en José Luis Bustamante y Rivero. Actualmente, señala que el calendario puede alcanzar las 42 jornadas dedicadas a esta tradición.

La historia de la pelea de toros arequipeña también guarda nombres que se convirtieron en leyenda. 

Uno de ellos es Menelik, un ejemplar nacido en Socabaya en 1940 que destacó por su fuerza y bravura. 

Murió a inicios de la década de 1950, pero dejó una marca difícil de borrar: mantuvo su condición de invicto hasta su última pelea, cuando logró hacer huir a su rival.

Para René Ortiz, historias como la de Menelik, explican por qué esta práctica dejó de ser simplemente una costumbre heredada y se convirtió en una pasión capaz de reunir a generaciones. Los toros —según el criador— han tejido una relación particular con los arequipeños, una que se entiende mejor lejos de los trofeos y los relatos, justo en el instante en que el animal pisa la cancha y comienza la pelea.

ORLANDO CÁCERES

ORLANDO CÁCERES

Periodista

Periodista en Diario Viral. Comprometidos con la verdad y la información de Arequipa.

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