Crónica

La importancia de llamarse León

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DIARIO VIRAL

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Escribe: Dante Edmundo Zegarra López.

 

De León el Magno a León XIV: trece antecesores, trece historias y una elección que anuncia un programa para la Iglesia y el mundo.

Hay nombres que identifican y otros que comprometen. En la historia del papado, elegir un nombre tras ser elegido sucesor de Pedro es mucho más que una decisión personal. Es una señal que invita a mirar el pasado para comprender el rumbo que el nuevo pontífice desea imprimir a su ministerio.

Robert Francis Prevost, nacido en Chicago y ciudadano peruano por su prolongada vinculación con nuestro país, eligió llamarse León XIV el 8 de mayo de 2025. Se convirtió así en el decimocuarto pontífice en adoptar ese nombre, tras trece predecesores que dejaron huellas muy distintas en la historia de la Iglesia.

Unos defendieron la doctrina frente a las controversias teológicas; otros afrontaron invasiones, conflictos políticos y divisiones religiosas. Hubo reformadores, promotores de la cultura, gobernantes cuestionados y pontífices cuyo paso por Roma apenas duró unas semanas.

Por eso, la importancia de llamarse León no radica únicamente en la evocación de figuras ilustres. También obliga a recordar sus errores, las dificultades de su tiempo y las responsabilidades que acompañan al poder espiritual.

León I: la autoridad moral frente a la fuerza

San León I, conocido como León el Magno, gobernó la Iglesia entre 440 y 461. Es uno de los dos papas reconocidos como doctores de la Iglesia, junto con san Gregorio Magno, una distinción que subraya la importancia de su pensamiento teológico.

Su pontificado transcurrió durante la desintegración del Imperio romano de Occidente. En 452, se entrevistó con Atila, rey de los hunos, y contribuyó a persuadirlo de que abandonara Italia. Tres años después negoció con Genserico, rey de los vándalos, para reducir la destrucción de Roma.

No pudo impedir el saqueo de la ciudad, pero sus gestiones contribuyeron a proteger los lugares de culto. La diplomacia, en esas circunstancias, fue una forma concreta de defender vidas y el patrimonio religioso.

Su legado doctrinal tampoco fue menor. El Tomo a Flaviano, una carta fundamental sobre las dos naturalezas de Cristo, influyó decisivamente en el Concilio de Calcedonia de 451. Su figura reúne así dos dimensiones del pontificado: la defensa de la fe y el ejercicio de una autoridad moral ante los poderes de su época.

Los primeros León: doctrina, resistencia y protección de Roma

San León II ocupó la sede pontificia entre 682 y 683. Confirmó las decisiones del tercer Concilio de Constantinopla, celebrado en 680-681, que condenó el monotelismo. Su actuación contribuyó a consolidar la enseñanza sobre las dos voluntades de Cristo.

San León III, pontífice entre 795 y 816, tuvo que enfrentar una situación política peligrosa. Tras sufrir una agresión en 799, buscó el apoyo de Carlomagno. En la Navidad del año 800, lo coronó emperador en la basílica de San Pedro, un acontecimiento que transformó las relaciones entre la Iglesia y el poder europeo.

La alianza proporcionó protección al papado, pero también evidenció una tensión que reaparecería durante siglos: la cooperación entre la autoridad religiosa y los gobernantes podía favorecer la estabilidad, aunque también podía someter a la Iglesia a intereses políticos.

San León IV, cuyo pontificado se extendió de 847 a 855, destacó por su defensa de Roma frente a las incursiones sarracenas. Impulsó el fortalecimiento de las murallas del sector vaticano y promovió la defensa marítima, lo que culminó en la victoria de Ostia en 849.

Los tres primeros santos León, después de León I, muestran que la responsabilidad pontificia nunca se desarrolló en un vacío histórico. La fe, la diplomacia y la defensa de las comunidades estuvieron estrechamente vinculadas.

León V y León VI: cuando el poder oscurece la misión

El siglo X ofrece una imagen menos edificante. León V fue elegido en 903, pero su pontificado terminó abruptamente cuando fue depuesto y encarcelado. Las circunstancias de su muerte no están completamente esclarecidas.

León VI ocupó la sede pontificia en 928, en un periodo de profunda inestabilidad política en Roma. Su gobierno duró aproximadamente siete meses y dejó escasos documentos relevantes. Las fuentes tampoco permiten establecer con certeza todas las circunstancias de su muerte.

Estos pontífices recuerdan que la elección papal no siempre estuvo rodeada de las condiciones de libertad y serenidad que hoy se asocian con el cónclave. En determinados periodos, las familias poderosas y las disputas entre facciones condicionaron la vida de la Iglesia.

La historia no debe ocultar esos episodios. La institución eclesial ha atravesado momentos de santidad y renovación, pero también épocas en las que las ambiciones humanas han debilitado el testimonio de sus dirigentes.

León VII y León VIII: reforma y controversia

León VII gobernó entre 936 y 939. Su pontificado favoreció la reforma monástica y apoyó la expansión de la corriente reformadora vinculada a Cluny. También intervino como mediador en conflictos políticos de su época.

León VIII, elegido en 963, constituye un caso singular. Era laico cuando fue designado y recibió rápidamente las órdenes eclesiásticas, incluida la consagración episcopal. Su legitimidad fue cuestionada durante la confrontación entre el emperador Otón I y el papa Juan XII.

Este episodio debe interpretarse en el contexto político de la época. La intervención imperial en los asuntos de Roma podía alterar el proceso de elección y comprometer la independencia del pontificado.

La condición inicial de León VIII ilustra, además, una cuestión histórica y canónica que exige precisión. En teoría, un varón católico bautizado puede ser elegido papa, pero, si no es obispo, debe recibir la ordenación episcopal. La práctica moderna, sin embargo, ha consolidado la elección de cardenales que ya poseen esa condición.

León IX: la reforma y la fractura de Oriente

San León IX, nacido Bruno de Egisheim-Dagsburg, fue papa entre 1049 y 1054. Alemán de nacimiento, es uno de los dos pontífices llamados León que no fueron italianos, junto con el actual León XIV, nacido en Estados Unidos y naturalizado peruano.

Antes de su elección había sido obispo de Toul. Promovió reformas para combatir la simonía, es decir, la compraventa de cargos eclesiásticos, y los abusos vinculados a la vida del clero. También viajó por distintas regiones de Europa para impulsar sus iniciativas.

Su pontificado terminó en medio de la ruptura entre Roma y Constantinopla. En 1054, el Papa y el patriarca Miguel Cerulario intercambiaron excomuniones, un episodio tradicionalmente asociado al Gran Cisma entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas.

La separación fue el resultado de diferencias acumuladas durante siglos, no de un único incidente. Sin embargo, el desenlace constituye una advertencia sobre las consecuencias de las disputas doctrinales, jurisdiccionales y culturales cuando el diálogo resulta insuficiente.

León X: el esplendor y el precio de las decisiones

Giovanni de' Medici, hijo de Lorenzo el Magnífico, gobernó la Iglesia como León X entre 1513 y 1521. Su pontificado estuvo marcado por el mecenazgo artístico y por una de las crisis más profundas de la cristiandad occidental.

La financiación de la basílica de San Pedro y la predicación de indulgencias provocaron la protesta de Martín Lutero en 1517. La controversia se amplió hasta convertirse en la Reforma protestante, que transformó el mapa religioso europeo.

León X condenó las proposiciones de Lutero y lo excomulgó en 1521. Sin embargo, la ruptura ya había adquirido una dimensión que superaba la disputa inicial.

Su figura plantea una lección permanente: las decisiones de gobierno deben considerar no solo sus propósitos declarados, sino también sus consecuencias. La magnificencia artística puede convivir con graves errores de discernimiento y una comprensión insuficiente del malestar social y religioso.

También conviene corregir una imprecisión frecuente: León X no era un simple laico cuando fue elegido. Era cardenal diácono, aunque todavía no había sido ordenado sacerdote ni consagrado obispo. Recibió la ordenación sacerdotal y la consagración episcopal tras su elección.

León XI y León XII: brevedad y restauración

Alessandro de' Medici fue elegido León XI en abril de 1605. Su pontificado duró solamente veintiséis días. La brevedad de su gobierno impidió desarrollar plenamente sus proyectos, aunque se le atribuye la preocupación por preservar la independencia de la Iglesia frente a las presiones políticas.

León XII, elegido en 1823, gobernó hasta 1829. Su pontificado estuvo marcado por una orientación conservadora y por la reorganización de los Estados Pontificios tras las convulsiones de la época napoleónica.

Promovió medidas administrativas, proclamó el Jubileo de 1825 y reforzó los controles sobre la educación y la circulación de libros. Su legado refleja las tensiones de una Iglesia que intentaba preservar su autoridad en una Europa transformada por nuevas ideas políticas y sociales.

Ambos casos muestran que la duración de un pontificado no determina por sí sola su importancia histórica. Un gobierno breve puede dejar una memoria perdurable, mientras que otro más prolongado debe evaluarse por sus decisiones y resultados.

León XIII: la cuestión obrera entra en la doctrina social

Vincenzo Gioacchino Pecci, León XIII, fue papa entre 1878 y 1903. Su nombre resulta decisivo para comprender la elección de León XIV, pues su magisterio abordó las transformaciones provocadas por la revolución industrial.

La encíclica Rerum Novarum, publicada en 1891, examinó la situación de los trabajadores, los conflictos entre capital y trabajo, la propiedad privada y las obligaciones de la sociedad. El documento se convirtió en una referencia fundamental de la doctrina social católica.

León XIII defendió la dignidad del trabajador y el derecho de asociación, sin aceptar que la solución a las injusticias implicara sacrificar la libertad o desconocer la propiedad. Su propuesta reclamó responsabilidades tanto a los empleadores como a los trabajadores y al Estado.

También impulsó los estudios bíblicos con Providentissimus Deus y reflexionó sobre la libertad humana en Libertas praestantissimum. Su pontificado procuró establecer un diálogo entre la tradición católica y los problemas de la modernidad.

No ofreció respuestas definitivas a todos los conflictos de su tiempo. Pero dejó un método de discernimiento: examinar los cambios sociales a la luz de la dignidad humana y de las exigencias de la justicia.

León XIV: una elección que mira al futuro

La elección de Robert Francis Prevost como León XIV el 8 de mayo de 2025 abrió un nuevo capítulo en esta tradición. Estadounidense de nacimiento y peruano por nacionalidad, su trayectoria pastoral en nuestro país aporta una dimensión latinoamericana a su identidad.

El propio pontífice explicó el sentido de su elección ante los cardenales. Recordó a León XIII y su respuesta a la primera revolución industrial mediante la encíclica Rerum Novarum. Después, señaló que la Iglesia debía responder a otra transformación industrial vinculada al desarrollo de la inteligencia artificial.

La referencia resulta especialmente significativa. Si León XIII afrontó los problemas de los obreros ante la expansión de las fábricas, León XIV identifica nuevos desafíos para la dignidad humana, la justicia y el trabajo. La automatización y los sistemas inteligentes pueden mejorar la vida de las personas, pero también agravar las desigualdades y debilitar los derechos si se utilizan sin responsabilidad.

En 2026, el pontífice publicó Magnifica Humanitas, una encíclica dedicada a proteger a la persona humana en la era de la inteligencia artificial. El documento reafirma la necesidad de que la conciencia y la libertad humanas orienten la innovación tecnológica. No se trata de rechazar el progreso, sino de impedir que la máquina se convierta en la medida del valor de las personas.

Este planteamiento prolonga la preocupación social de León XIII y la sitúa ante problemas que sus antecesores no podían conocer. La cuestión ya no se limita a la relación entre el capital y el trabajo industrial. También comprende la sustitución de empleos, la concentración de datos, la manipulación de la información y la responsabilidad de quienes diseñan y utilizan tecnologías capaces de influir en millones de ciudadanos.

La elección del nombre León puede, por tanto, interpretarse como una declaración de intenciones. Pero un programa pontificio no se juzga únicamente por sus palabras iniciales. Requiere continuidad, decisiones coherentes y resultados que permitan comprobar si sus propósitos llegan a las comunidades más vulnerables.

Un nombre que obliga

Los catorce pontífices llamados León no constituyen una sucesión uniforme de virtudes ni de realizaciones. Cinco de los trece antecesores de León XIV son santos reconocidos por la Iglesia: León I, II, III, IV y IX. Uno, León I, es doctor de la Iglesia.

Sus historias contienen episodios de defensa de la fe, de reforma, de diplomacia, de conflictos políticos y de división religiosa. También registran pontificados muy breves, como los de León V y León XI, y la prisión sufrida por León III y León V, aunque en circunstancias distintas.

La historia de las órdenes sagradas exige, igualmente, distinguir situaciones. León VIII fue elegido siendo laico; León X, en cambio, era cardenal diácono, pero aún no sacerdote. Y tres pontificados de esta serie duraron entre un mes y siete meses: los de León V, León VI y León XI.

Estas precisiones no son detalles secundarios. La historia merece ser contada sin simplificaciones, porque la verdad de los hechos también constituye una forma de respeto hacia los protagonistas y los lectores.

La tradición de elegir un nombre pontificio permite expresar continuidad, pero no garantiza por sí sola la grandeza de un gobierno. León XIV recibe una herencia que incluye el testimonio de León Magno, la reforma de León IX y la doctrina social de León XIII. También encuentra las advertencias de las divisiones que marcaron a León X y a León IX.

En definitiva, llamarse León significa asumir una memoria que puede inspirar, pero también exigir. El nuevo pontífice deberá demostrar que la autoridad espiritual puede dialogar con los poderes políticos sin perder su independencia, y que la innovación tecnológica debe estar al servicio de la persona.

La historia juzgará su pontificado por la distancia entre los propósitos anunciados y las obras realizadas. El nombre ya está elegido; ahora corresponde al momento de revelar su verdadero significado.

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Periodista en Diario Viral. Comprometidos con la verdad y la información de Arequipa.

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