En sus calles, monasterios y pueblos vinculados a nuestra ciudad nacieron o desarrollaron su vocación personas cuya memoria ha trascendido las fronteras locales. No en vano el papa Pío XII la llamó “Roma del Perú”.
La figura de Sor Ana de los Ángeles Monteagudo ocupa un lugar especial. La religiosa del monasterio de Santa Catalina fue beatificada por san Juan Pablo II, en Arequipa, el 2 de febrero de 1985.
Aquella ceremonia no fue solamente una celebración local. El papa presentó a Ana de los Ángeles como una hija de esta tierra cuya vida había alcanzado relevancia para la Iglesia local. La beatificación convirtió oficialmente su memoria en un referente de santidad para los lugares establecidos por la Iglesia.
Ahora permanece la expectativa por el reconocimiento del milagro requerido para su eventual canonización. La diferencia entre beatificación y canonización recuerda que la Iglesia sigue procedimientos específicos antes de extender el culto a la Iglesia universal.
DEVOCIÓN. En ese mismo horizonte aparece otra figura vinculada a Arequipa. Mateo Crawley-Boevey y Murga nació en Tingo el 18 de noviembre de 1875 y murió en Valparaíso, Chile, el 4 de mayo de 1960. Perteneció a la Congregación de los Sagrados Corazones.
Su trayectoria adquirió dimensión internacional. Es conocido por su intensa difusión de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, especialmente mediante la entronización del Sagrado Corazón en los hogares y la Adoración Nocturna.
Su misión lo llevó por diversos países y convirtió su apostolado en una experiencia de alcance mundial. La Congregación de los Sagrados Corazones informó en 2024 que su Capítulo General autorizó al postulador general a dar el paso formal para iniciar el proceso de beatificación.
FE. En este escenario, también aparece Emilio Lissón Chávez. Nacido en Arequipa en 1872, llegó a ser arzobispo de Lima y primado del Perú tras una intensa experiencia misionera en Chachapoyas.
Tres nombres, tres caminos y tres circunstancias diferentes. Ana de los Ángeles pertenece a la vida contemplativa; Crawley-Boevey desarrolló una misión internacional en torno al Corazón de Jesús; Lissón ejerció un episcopado marcado por la misión y la preocupación social.
No corresponde establecer una competencia entre ellos. La santidad cristiana no funciona como un campeonato de méritos, porque cada vocación responde a circunstancias y responsabilidades diferentes.
Lo que sí puede observarse es una constante. Arequipa y su entorno han producido, acompañado o conservado memorias religiosas que alcanzaron una dimensión mucho mayor que su geografía local.
La casona del callejón Tejada donde nació Lissón forma parte de esa memoria. El monasterio de Santa Catalina conserva la de Ana de los Ángeles, mientras que Tingo recuerda el nacimiento de Crawley-Boevey.
La ciudad tiene, por tanto, una responsabilidad histórica. No basta sólo recordar nombres, celebrar aniversarios o colocar placas. Hace falta investigar documentos, conservar lugares.