La cuarta cuadra de la actual calle Melgar vio nacer a uno de los arequipeños más insignes de los primeros años de nuestra patria. Mariano Lorenzo Melgar Valdivieso, el 10 de agosto de 1790, llegó a este mundo en una vivienda que sobrevive al tiempo.
NIÑEZ. Los primeros años de nuestro héroe y literato transcurrió en este sector de la ciudad. Según el libro Historia y leyenda de Mariano Melgar (1790-1815) de Aurelio Miró Quesada Sosa, este sector se denominaba “De Puno”, pues por esta vía llegaban los comerciantes y demás pobladores de la región altiplánica, del Alto Perú, del Virreinato del Río de la Plata y otros.
“La transitada calle arequipeña mostraba el enjambre bullicioso de llamas cargadas de mineral, mulas aderezadas que anunciaban su ingreso con el tintineo de sus campanillas, e indios de uno y de otro sexo que acostumbraban en las noches cantar sus idilios o sus cuitas con el acompañamiento, triste y profundo, de las quenas”, refiere Miró Quesada.
Mariano Lorenzo iba creciendo en conocimiento. Su hermano José Fabio cuenta que sabía leer a los 3 años y que aprendió latín a los 8. Tras los primeros años de estudios en la escuela para niños de San Francisco pasó, en 1807, al Seminario de San Jerónimo. Posteriormente, en 1810, se convirtió en profesor de Latinidad y Retórica.
AMORES. El más importante amorío de nuestro héroe fue María Santos Corrales Salazar, “Silvia”. Ella vivía en la calle Beaterio 125, en el ingreso al tradicional puente Bolognesi.
Estudiosos como monseñor Santiago Martínez en su obra “Arequipeños ilustres”, citado por Aurelio Miró Quesada, afirman que “Silvia” era “nieta de María Sanabria, quien casó en 1731 con Ignacio Corrales y era hija de Francisco Sanabria y de Antonia Laguna, y hermana por lo tanto de Josefa Sanabria, la abuela paterna de Mariano Melgar. Los padres de la amada y del poeta (José Corrales y Sanabria y Juan de Dios Melgar y Sanabria, respectivamente) eran así primos hermanos”.
Sin embargo, el amor terminó como el paso de una estrella fugaz. Aunque los motivos nunca quedaron del todo claros, Francisco García Calderón en su “Introducción a la poesía de Melgar” prefiere dejar la siguiente sentencia: “Dejemos que esos amores queden sumergidos para siempre en el insondable abismo del pasado; que terminen con el hombre puesto que fueron tristes y penosos como la vida; y salvando la línea de la débil y perecedera humanidad, pensemos en el poeta, trasladándonos a las regiones de la imaginación y del espíritu, en las cuales el nombre de Melgar será con justicia imperecedero".
Tras acabarse el amor con Silvia, Melgar viajó a Majes para olvidar, tal vez, el dolor por el final. También estuvo en Lima donde terminó empapándose de los ideales libertarios.
Así llegó agosto de 1814. Estalló la revolución encabezada por los hermanos Angulo y Mateo Pumacahua. El movimiento cundió rápidamente por todo el sur del Virreinato del Perú y pronto los separatistas llegaron a Arequipa. Obtuvieron el triunfo ante las fuerzas realistas en la batalla de La Apacheta, el 9 de noviembre.
Miró Quesada cita la memoria del general español Juan Ramírez. Indica que Melgar se plegó a los revolucionarios a inicios de octubre de 1814, después que se levantara a la provincia de Chuquibamba, cercana a la localidad de Majes, donde nuestro héroe descansaba.
Luego de algunos días en Arequipa, Pumacahua parte al Cusco ante el avance del general Ramírez que arrasó con los revolucionarios en el Alto Perú. El poeta héroe acompaña a sus huestes en calidad de auditor de guerra. El hermano de Mariano Melgar, José Fabio, en la obra “Noticias biográficas”, señala que recibió la bendición de su padre octogenario y el rostro “pálido inmóvil” de su madre en “emocionada despedida”.
Sin embargo, el ejército revolucionario no llegó al Cusco. En los campos de Umachiri se dio el encuentro definitivo con las huestes del general Ramírez. Tras horas de disparos entre ambos bandos, el 11 de marzo de 1815, los soldados del bando realista cruzaron el río Llalli y acometieron contra los patriotas.
En el “Diario de las operaciones del ejército del General Ramírez” se cita lo que sucedió con los prisioneros. "Se pillaron al coronel Dianderas y al coronel yerno de Pumacahua, a quienes después de darles tiempo para su disposición espiritual se les pasó por las armas, reservando para el día siguiente al auditor de guerra (Mariano) Melgar, y al cacique de Umachiri”. Así, el 12 de marzo, se apagaba la vida del joven arequipeño que luchó por la libertad.
EPÍLOGO. Los restos de Melgar permanecieron fuera de Arequipa por casi 20 años. El 16 de septiembre de 1833, llegaron para ser colocados en el recién inaugurado cementerio de La Apacheta. Fue un antiguo compañero de armas, el coronel Manuel Amat y León (casado con Silvia el 24 de noviembre de 1819) quien pronunció el discurso en el camposanto. En su biografía, elaborada por Artemio Peraltilla Díaz, se indica parte del mismo: “Permitid señores que un patriota, compañero de armas de este ilustre difunto en la desgraciada y al mismo tiempo célebre campaña de Umachiri le haga los últimos honras fúnebres, depositando la urna de sus despojos en el panteón que hoy se estrena”.
La crueldad del tiempo hizo que se perdiera la ubicación de los restos de Mariano Melgar. Lo que no pudo lograr fue apagar el brillo del legado del héroe para Arequipa y el Perú. Que así sea.