Arequipa

De la roca a la ciudad: las manos tras el sillar

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ANDREA RAMOS

ANDREA RAMOS
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Prudencio Idme Gutiérrez debería estar descansando. 
Después de una operación y de una vida sometiendo el cuerpo a jornadas que por décadas marcaron sus días en las canteras de sillar.
Pero cuando se le pregunta si realmente ha dejado de trabajar, responde: “Sí, pero no mucho. Estoy haciendo dos pequeñas piedras”.
Prudencio, con 76 años, lleva más de medio siglo vinculado al oficio de cantero.
Empezó a los 16 y aprendió trabajando junto a antiguos maestros hasta comprar sus propias herramientas: cinceles, barreta y combo.
Con ellas aprendió dónde golpear, cómo desprender la piedra y, sobre todo, a acostumbrar el cuerpo a un trabajo que terminaría acompañándolo durante gran parte de su vida.
“Es una identidad”, dice. Y antes que de monumentos o turismo, habla de familia: “De el sillar he sostenido a mi familia, me daba de comer, de él he formado a mis hijas, sus estudios”.

ANTES DE AREQUIPA. Muchísimo antes de que existieran las iglesias, casonas y portales, violentas erupciones depositaron sobre el territorio el material que terminaría formando el sillar.
Ingemmet sitúa el origen de la denominada "Ignimbrita Aeropuerto de Arequipa" hace aproximadamente 1. 65 millones de años, antes incluso de la formación de los actuales Misti y Chachani.

SOL Y POLVO. “Nosotros, como todos los que trabajamos en la cantera, ya la conocemos bien”, indica Prudencio. Primero se extraen grandes bloques del farallón, la etapa más peligrosa.
Combo, barreta, cinceles, cuñas y sogas acompañan un trabajo que puede llevar al cantero a decenas de metros de altura, expuesto al intenso sol, el reflejo, el polvo y la caída de pequeñas rocas.
Una vez desprendida, la enorme masa se fracciona, traza y labra progresivamente hasta convertirse en sillar.
En sus mejores años, Prudencio asegura que podía elaborar entre 20 y 40 piezas durante una jornada. Pero entonces el trabajo tampoco entendía de horarios.
“Trabajábamos sol a sol”, recuerda. Al amanecer los canteros ya iban rumbo al campo y regresaban cuando ya era oscuro. Sin movilidad segura, recorrían kilómetros. Ese esfuerzo terminaba pasando factura. 
Prudencio recuerda compañeros afectados por enfermedades pulmonares, mientras la arquitecta Beatriz Vilca conserva la imagen de trabajadores envejecidos e incluso encorvados después de una vida dedicada a la cantera.

DE ERMITAÑOS A PATRIMONIO. Cuando Vilca llegó a las canteras alrededor de 2010 encontró una realidad muy distinta a la actual.
Recuerda a hombres poco valorados y temerosos por los conflictos de terrenos: “Eran como ermitaños”.
La Ruta del Sillar comenzó un proceso de puesta en valor que incorporó capacitación, turismo, artesanía y tallado. 
Canteros que por años se produjeron bloques llegaron incluso a reproducir la fachada de la iglesia de La Compañía en Añashuayco.
El reconocimiento también llegó desde el Estado. El 15 de agosto de 2014, el Ministerio de Cultura declaró Patrimonio Cultural de la Nación los conocimientos, saberes y técnicas artesanales de extracción y labrado del sillar.
Prudencio, sin embargo, considera que aún existe una deuda: “Los canteros no son reconocidos, a pesar de que nuestros saberes ancestrales fueron declarados patrimonio [...] no nos valoran”.Siente que todavía existe distancia entre admirar el sillar y reconocer al cantero.

A LA CIUDAD. El sillar tampoco dominó desde el principio la arquitectura arequipeña. El arquitecto Carlos Zeballos Velarde explica que las primeras construcciones coloniales recurrieron a materiales como el adobe y cubiertas ligeras, pero los constantes terremotos obligaron a buscar nuevas soluciones. Con el tiempo, la piedra ganó protagonismo en gruesos muros, arcos y bóvedas acompañadas de contrafuertes. Los terremotos, paradójicamente, ayudaron a moldear una arquitectura propia.
Sobre ella también se encontraron los diseños europeos con el conocimiento y las manos locales. Zeballos destaca cómo esa combinación fue incorporando motivos propios hasta producir una arquitectura mestiza.

EL FUTURO. Hoy Prudencio observa otro cambio. Los jóvenes, asegura, muestran cada vez menos interés por el sol y el polvo de la cantera. “No les interesa, porque el trabajo es un poquito duro”, reconoce. Sus propios nietos han aprendido algo, pero buscan otros caminos. Y allí aparece una paradoja: el viejo cantero desea que el conocimiento sobreviva, aunque fue precisamente ese duro oficio el que permitió ofrecer otras oportunidades a su propia familia.
Prudencio quiere que las siguientes generaciones conozcan lo que aprendió de aquellos antiguos maestros. Sin embargo, sabe que nadie puede obligarlas a permanecer en el farallón. Quizá por eso define al sillar como “una identidad”: no solo como el rostro de Arequipa, sino porque detrás de ellos permanecen generaciones que hicieron de la piedra una forma de vida. Él debería estar descansando. Pero todavía trabaja esas “dos pequeñas piedras”.

ANDREA RAMOS

ANDREA RAMOS

Periodista

Periodista en Diario Viral. Comprometidos con la verdad y la información de Arequipa.

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